La Dolorosa Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Extractos del libro "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor
Jesucristo" de la Mística alemana, Venerable
Ana Catalina Emmerich
Fuente: Capilla de Oración Católica
Flagelación de
Jesús
29. Pilatos, juez cobarde y sin resolución, había
pronunciado muchas veces estas palabras, llenas de
bajeza: "No hallo crimen en Él; por eso voy a mandarle
azotar y a darle libertad". Los judíos continuaban
gritando: "¡Crucificadlo! ¡crucificadlo!". Sin embargo,
Pilatos quiso que su voluntad prevaleciera y mandó
azotar a Jesús a la manera de los romanos. Al norte del
palacio de Pilatos, a poca distancia del cuerpo de
guardia, había una columna que servía para azotar. Los
verdugos vinieron con látigos, varas y cuerdas, y las
pusieron al pie de la columna. Eran seis hombres morenos,
malhechores de la frontera de Egipto, condenados por sus
crímenes a trabajar en los canales y en los edificios
públicos, y los más perversos de entre ellos hacían el
oficio de verdugos en el Pretorio. Esos hombres crueles
habían ya atado a esa misma columna y azotado hasta la
muerte a algunos pobres condenados. Dieron de puñetazos
al Señor, le arrastraron con las cuerdas, a pesar de que
se dejaba conducir sin resistencia, y lo ataron
brutalmente a la columna. Esta columna estaba sola y no
servía de apoyo a ningún edificio. No era muy elevada;
pues un hombre alto, extendiendo el brazo, hubiera
podido alcanzar la parte superior. A media altura había
anillas y ganchos. No se puede expresar con qué barbarie
esos perros furiosos arrastraron a Jesús: le arrancaron
la capa de irrisión de Herodes y le echaron casi al
suelo. Jesús abrazó a la columna; los verdugos le ataron
las manos, levantadas por alto a un anillo de hierro, y
extendieron tanto sus brazos en alto, que sus pies,
atados fuertemente a lo bajo de la columna, tocaban
apenas al suelo. El Señor fue así extendido con
violencia sobre la columna de los malhechores; y dos de
esos furiosos comenzaron a flagelar su cuerpo sagrado
desde la cabeza hasta los pies. Sus látigos o sus varas
parecían de madera blanca flexible; puede ser también
que fueran nervios de buey o correas de cuero duro y
blanco. El Hijo de Dios temblaba y se retorcía como un
gusano. Sus gemidos dulces y claros se oían como una
oración en medio del ruido de los golpes. De cuando en
cuando los gritos del pueblo y de los fariseos, cual
tempestad ruidosa, cubrían sus quejidos dolorosos y
llenos de bendiciones, diciendo: "¡Hacedlo morir! ¡crucificadlo!".
Pilatos estaba todavía hablando con el pueblo, y cada
vez que quería decir algunas palabras en medio del
tumulto popular, una trompeta tocaba para pedir silencio.
Entonces se oía de nuevo el ruido de los azotes, los
quejidos de Jesús, las imprecaciones de los verdugos y
el balido de los corderos pascuales. Ese balido
presentaba un espectáculo tierno: eran las sotavoces que
se unían a los gemidos de Jesús. El pueblo judío estaba
a cierta distancia de la columna, los soldados romanos
ocupando diferentes puntos, iban y venían, muchos
profiriendo insultos, mientras que otros se sentían
conmovidos y parecía que un rayo de Jesús les tocaba.
Algunos alguaciles de los príncipes de los sacerdotes
daban dinero a los verdugos, y les trajeron un cántaro
de una bebida espesa y colorada, para que se embriagasen.
Pasado un cuarto de hora, los verdugos que azotaban a
Jesús fueron reemplazados por otros dos. La sangre del
Salvador corría por el suelo. Por todas partes se oían
las injurias y las burlas. Los segundos verdugos se
echaron con una nueva rabia sobre Jesús; tenían otra
especie de varas: eran de espino con nudos y puntas. Los
golpes rasgaron todo el cuerpo de Jesús; su sangre saltó
a cierta distancia, y ellos tenían los brazos manchados.
Jesús gemía, oraba y se estremecía. Muchos extranjeros
pasaron por la plaza, montados sobre camellos y se
llenaron de horror y de pena cuando el pueblo les
explicó lo que pasaba. Eran viajeros que habían recibido
el bautismo de Juan, o que habían oído los sermones de
Jesús sobre la montaña. El tumulto y los griegos no
cesaban alrededor de la casa de Pilatos. Otros nuevos
verdugos pegaron a Jesús con correas, que tenían en las
puntas unos garfios de hierro, con los cuales le
arrancaban la carne a cada golpe. ¡Ah! ¡quién podría
expresar este terrible y doloroso espectáculo! La
horrible flagelación había durado tres cuartos de hora,
cuando un extranjero de clase inferior, pariente del
ciego Ctesifón, curado por Jesús, se precipitó sobre la
columna con una navaja, que tenía la figura de una
cuchilla, gritando en tono de indignación: "¡Parad! No
peguéis a ese inocente hasta hacerle morir". Los
verdugos, hartos, se pararon sorprendidos; cortó
rápidamente las cuerdas, atadas detrás de la columna, y
se escondió en la multitud. Jesús cayó, casi sin
conocimiento, al pie de la columna sobre el suelo,
bañado en sangre. Los verdugos le dejaron, y se fueron a
beber, llamando antes a los criados, que estaban en el
cuerpo de guardia tejiendo la corona de espinas.
30. Vi a la Virgen Santísima en un éxtasis continuo
durante la flagelación de nuestro divino Redentor. Ella
vio y sufrió con un amor y un dolor indecibles todo lo
que sufría su Hijo. Muchas veces salían de su boca leves
quejidos y sus ojos estaban bañados en lágrimas. Las
santas mujeres, temblando de dolor y de inquietud,
rodeaban a la Virgen y lloraban como si hubiesen
esperado su sentencia de muerte. María tenía un vestido
largo azul, y por encima una capa de lana blanca, y un
velo de un blanco casi amarillo. Magdalena, pálida y
abatida de dolor, tenía los cabellos en desorden debajo
de su velo. La cara de la Virgen estaba pálida y
desencajada, sus ojos colorados de las lágrimas. No
puedo expresar su sencillez y dignidad. Desde ayer no ha
cesado de andar errante, en medio de angustias, por el
valle de Josafat y las calles de Jerusalén, y, sin
embargo, no hay ni desorden ni descompostura en su
vestido, no hay un solo pliegue que no respire santidad;
todo en ella es digno, lleno de pureza y de inocencia.
María mira majestuosamente a su alrededor, y los
pliegues de su velo, cuando vuelve la cabeza, tienen una
vista singular. Sus movimientos son sin violencia, y en
medio del dolor más amargo, su aspecto es sereno. Su
vestido está húmedo del rocío de la noche y de las
abundantes lágrimas que ha derramado. Es bella, de una
belleza indecible y sobrenatural; esta belleza es pureza
inefable, sencillez, majestad y santidad. Magdalena
tiene un aspecto diferente. Es más alta y más fuerte, su
persona y sus movimientos son más pronunciados. Pero las
pasiones, el arrepentimiento, su dolor enérgico han
destruido su belleza. Da miedo al verla tan desfigurada
por la violencia de su desesperación; sus largos
cabellos cuelgan desatados debajo de su velo despedazado.
Está toda trastornada, no piensa más que en su dolor, y
parece casi una loca. Hay mucha gente de Magdalum y de
sus alrededores que la han visto llevar una vida
escandalosa. Como ha vivido mucho tiempo escondida, hoy
la señalan con el dedo y la llenan de injurias, y aún
los hombres del populacho de Magdalum le tiran lodo.
Pero ella no advierte nada, tan grande y fuerte es su
dolor. Cuando Jesús, después de la flagelación, cayó al
pie de la columna, vi a Claudia Procla, mujer de Pilatos,
enviar a la Madre de Dios grandes piezas de tela. No sé
si creía que Jesús sería libertado, y que su Madre
necesitaría esa tela para curar sus llagas o si esa
pagana compasiva sabía a qué uso la Virgen Santísima
destinaría su regalo. María viendo a su Hijo despedazado,
conducido por los soldados, extendió las manos hacia Él
y siguió con los ojos las huellas ensangrentadas de sus
pies. Habiéndose apartado el pueblo, María y Magdalena
se acercaron al sitio en donde Jesús había sido azotado;
escondidas por las otras santas mujeres, se bajaron al
suelo cerca de la columna, y limpiaron por todas partes
la sangre sagrada de Jesús con el lienzo que Claudia
Procla había mandado. Eran las nueve de la mañana cuando
acabó la flagelación.
XVI
La coronación
de espinas
31. La coronación de espinas (1) se hizo en el patio
interior del cuerpo de guardia. El pueblo estaba
alrededor del edificio; pero pronto fue rodeado de mil
soldados romanos, puestos en buen orden, cuyas risas y
burlas excitaban el ardor de los verdugos de Jesús, como
los aplausos del público excitan a los cómicos. En medio
del patio había el trozo de una columna; pusieron sobre
él un banquillo muy bajo. Habiendo arrastrado a Jesús
brutalmente a este asiento, le pusieron la corona de
espinas alrededor de la cabeza, y le atacaron
fuertemente por detrás. Estaba hecha de tres varas de
espino bien trenzadas, y la mayor parte de las puntas
eran torcidas a propósito para adentro. Habiéndosela
atado, le pusieron una caña en la mano; todo esto lo
hicieron con una gravedad irrisoria, como si realmente
lo coronasen rey. Le quitaron la caña de las manos, y le
pegaron con tanta violencia en la corona de espinas, que
los ojos del Salvador se inundaron de sangre. Sus
verdugos arrodillándose delante de Él le hicieron burla,
le escupieron a la cara, y le abofetearon, gritándole:
"¡Salve, Rey de los judíos!". No podría repetir todos
los ultrajes que imaginaban estos hombres. El Salvador
sufría una sed horrible, su lengua estaba retirada, la
sangre sagrada, que corría de su cabeza, refrescaba su
boca ardiente y entreabierta. Jesús fue así maltratado
por espacio de media hora en medio de la risa, de los
gritos y de los aplausos de los soldados formados
alrededor del Pretorio.
XVII
¡Ecce Homo!
32. Jesús, cubierto con la capa colorada, la corona de
espinas sobre la cabeza, y el cetro de cañas en las
manos atadas, fue conducido al palacio de Pilatos.
Cuando llegó delante del gobernador, este hombre cruel
no pudo menos de temblar de horror y de compasión,
mientras el pueblo y los sacerdotes le insultaban y le
hacían burla. Jesús subió los escalones. Tocaron la
trompeta para anunciar que el gobernador quería hablar.
Pilatos se dirigió a los príncipes de los sacerdotes y a
todos los circunstantes, y les dijo: "Os lo presente
otra vez para que sepáis que no hallo en Él ningún
crimen". Jesús fue conducido cerca de Pilatos, de modo
que todo el pueblo podía verlo. Era un espectáculo
terrible y lastimoso la aparición del Hijo de Dios
ensangrentado, con la corona de espinas, bajando sus
ojos sobre el pueblo, mientras Pilatos, señalándole con
el dedo, gritaba a los judíos: "¡Ecce Homo!". Los
príncipes de los sacerdotes y sus adeptos, llenos de
furia, gritaron: "¡Que muera! ¡Que sea crucificado!". –
"¿No basta ya?", dijo Pilatos. "Ha sido tratado de
manera que no le quedará gana de ser Rey". Pero estos
insensatos gritaron cada vez más: "¡Que muera! ¡Que sea
crucificado!". Pilatos mandó tocar la trompeta, y dijo:
"Entonces, tomadlo y crucificadlo, pues no hallo en Él
ningún crimen". Algunos de los sacerdotes gritaron: "¡Tenemos
una ley por la cual debe morir, pues se ha llamado Hijo
de Dios!". Estas palabras, se ha llamado Hijo de Dios,
despertaron los temores supersticiosos de Pilatos; hizo
conducir a Jesús aparte, y le preguntó de dónde era.
Jesús no respondió, y Pilatos le dijo: "¿No me respondes?
¿No sabes que puedo crucificarte o ponerte en libertad?".
Y Jesús respondió: "No tendrías tú ese poder sobre mí,
si no lo hubieses recibido de arriba; por eso el que me
ha entregado en tus manos ha cometido un gran pecado".
Pilatos, en medio de su incertidumbre, quiso obtener del
Salvador una respuesta que lo sacara de este penoso
estado: volvió al Pretorio, y se estuvo solo con Él. "¿Será
posible que sea un Dios? se decía a sí mismo, mirando a
Jesús ensangrentado y desfigurado; después le suplicó
que le dijera si era Dios, si era el Rey prometido a los
judíos, hasta dónde se extendía su imperio, y de qué
orden era su divinidad. No puedo repetir más que el
sentido de la respuesta de Jesús. El Salvador le habló
con gravedad y severidad; le dijo en qué consistía su
reino y su imperio; después le reveló todos los crímenes
secretos que él había cometido; le predijo la suerte
miserable que le esperaba, y le anunció que el Hijo del
hombre vendría a pronunciar contra él un juicio justo.
Pilatos, medio atemorizado y medio irritado de las
palabras de Jesús, volvió al balcón, y dijo otra vez que
quería libertar a Jesús. Entonces gritaron: "¡Si lo
libertas, no eres amigo del César!". Otros decían que lo
acusarían delante del Emperador, de haber agitado su
fiesta, que era menester acabar, porque a las diez
tenían que estar en el templo. Por todas partes se oía
gritar: "¡Que sea crucificado!"; hasta encima de las
azoteas, donde había muchos subidos. Pilatos vio que sus
esfuerzos eran inútiles. El tumulto y los gritos eran
horribles, y la agitación del pueblo era tan grande que
podía temerse una insurrección. Pilatos mandó que le
trajesen agua; un criado se la echó sobre las manos
delante del pueblo, y el gritó desde lo alto de la
azotea: "Yo soy inocente de la sangre de este Justo;
vosotros responderéis por ella". Entonces se levantó un
grito horrible y unánime de todo el pueblo, que se
componía de gentes de toda la Palestina: "¡Que su sangre
caiga sobre nosotros y sobre nuestros descendientes!".
XVIII
Jesús
condenado a muerte
33. Cuando los judíos, habiendo pronunciado la maldición
sobre sí y sobre sus hijos, pidieron que esa sangre
redentora, que pide misericordia para nosotros, pidiera
venganza contra ellos; Pilatos mandó traer sus vestidos
de ceremonia, se puso un tocado, en donde brillaba una
piedra preciosa y otra capa. Estaba rodeado de soldados,
precedido de oficiales del tribunal y por delante tenía
un hombre que tocaba la trompeta. Así fue desde su
palacio hasta la plaza, donde había, enfrente de la
columna de la flagelación, un sitio elevado para
pronunciar los juicios. Este tribunal se llamaba Gabbata:
era una elevación redonda, donde se subía por escalones.
Muchos de los fariseos se habían ido ya al templo. No
hubo más que Anás, Caifás y otros veintiocho, que
vinieron al tribunal cuando Pilatos se puso sus vestidos
de ceremonia. Los dos ladrones también fueron conducidos
al tribunal, y el Salvador, con su capa colorada y su
corona de espinas, fue colocado en medio de ellos.
Cuando Pilatos se sentó, dijo a los judíos: "¡Ved aquí a
vuestro Rey!"; y ellos respondieron: "¡Crucificadlo!".
"¿Queréis que crucifique a vuestro Rey?", volvió a decir
Pilatos. "¡No tenemos más Rey que César!" gritaron los
príncipes de los sacerdotes. Pilatos no dijo nada más, y
comenzó a pronunciar el juicio. Los príncipes de los
sacerdotes habían diferido la ejecución de los dos
ladrones, ya anteriormente condenados al suplicio de la
cruz, porque querían hacer una afrenta más a Jesús,
asociándolo en su suplicio a dos malhechores de la
última clase. Pilatos comenzó por un largo preámbulo, en
el cual daba los nombres más sublimes al emperador
Tiberio; después expuso la acusación intentada contra
Jesús, que los príncipes de los sacerdotes habían
condenado a muerte, por haber agitado la paz pública y
violado su ley, haciéndose llamar Hijo de dios y Rey de
los judíos, habiendo el pueblo pedido su muerte por voz
unánime. El miserable añadió que encontraba esa
sentencia conforme a la justicia, él, que no había
cesado de proclamar la inocencia de Jesús, y al acabar
dijo: "Condeno a Jesús de Nazareth, Rey de los judíos, a
ser crucificado"; y mandó traer la cruz. Me parece que
rompió un palo largo y que tiró los pedazos a los pies
de Jesús. Mientras Pilatos pronunciaba su juicio inicuo,
vi que su mujer Claudia Procla le devolvía su prenda y
la renunciaba. La tarde de este mismo día se salió
secretamente del palacio, para refugiarse con los amigos
de Jesús. Ese mismo día, a poco tiempo después, vi a un
amigo del Salvador grabar sobre una piedra verdusca,
detrás de la altura de Gabbata, dos líneas donde había
estas palabras: Judex injustus, y el nombre de Claudia
Procla. Esta piedra se halla todavía en los cimientos de
una casa o de una iglesia en Jerusalén, en el sitio
donde estaba Gabbata. Claudia Procla se hizo cristiana,
siguió a San Pablo, y fue su fiel discípula. Los dos
ladrones estaban a derecha y a izquierda de Jesús:
tenían las manos atadas y una cadena al cuello; el que
se convirtió después, se mantuvo desde entonces
tranquilo y pensativo; el otro, grosero e insolente, se
unió a los alguaciles para maldecir e insultar a Jesús,
que miraba a sus dos compañeros con amor, y ofrecía sus
tormentos por la salvación. Los alguaciles juntaban los
instrumentos del suplicio, y lo preparaban todo para
esta terrible y dolorosa marcha. Anás y Caifás habían
acabado sus discusiones con Pilatos: tenían dos bandas
de pergamino con la copia de la sentencia, y se dirigían
con precipitación al templo temiendo llegar tarde.
XIX
Jesús con
la Cruz a cuestas
34. Cuando Pilatos salió del tribunal, una parte de los
soldados le siguió, y se formó delante del palacio; una
pequeña escolta se quedó con los condenados. Veintiocho
fariseos armados vinieron a caballo para acompañar al
suplicio a nuestro Redentor. Los alguaciles lo
condujeron al medio de la plaza, donde vinieron esclavos
a echar la cruz a sus pies. Los dos brazos estaban
provisionalmente atados a la pieza principal con cuerdas.
Jesús se arrodilló cerca de ella, la abrazó y la besó
tres veces, dirigiendo a su Padre acciones de la gracias
pro la redención del género humano. Los solados
levantaron a Jesús sobre sus rodillas, y tuvo que cargar
con mucha pena con esta carga pesada sobre su hombro
derecho. Vi ángeles invisibles ayudarle, pues si no, no
hubiera podido levantarla. Mientras Jesús oraba,
pusieron sobre el pescuezo a los dos ladrones las piezas
traveseras de sus cruces, atándoles las manos; las
grandes piezas las llevaban esclavos. La trompeta de la
caballería de Pilatos tocó; uno de los fariseos a
caballo se acercó a Jesús, arrodillado bajo su carga; y
entonces comenzó la marcha triunfal del Rey de los reyes,
tan ignominiosa sobre la tierra y tan gloriosa en el
cielo. Habían atado dos cuerdas a la punta del árbol de
la cruz y dos soldados la mantenían en el aire; otros
cuatro tenían cuerdas atadas a la cintura de Jesús. El
Salvador, bajo su peso, me recordó a Isaac, llevando a
la montaña la leña para su sacrificio. La trompeta de
Pilatos dio la señal de marcha, porque el gobernador en
persona quería ponerse a la cabeza de un destacamento
para impedir todo movimiento tumultuoso. Iba a caballo,
rodeado de sus oficiales y de tropa de caballería.
Detrás venía un cuerpo de trescientos hombres de
infantería, todos de la frontera de Italia y de Suiza.
Delante se veía una trompa que tocaba en todas las
esquinas y proclamaba la sentencia. A pocos pasos seguía
una multitud de hombres y de chiquillos, que traían
cordeles, clavos, cuñas y cestas que contenían
diferentes objetos; otros, más robustos, traían palos,
escaleras y las piezas principales de las cruces de los
dos ladrones. Detrás se notaban algunos fariseos a
caballo, y un joven que llevaba sobre el pecho la
inscripción que Pilatos había hecho para la cruz.
Llevaban también en la punta de un palo la corona de
espinas de Jesús, que no habían querido dejarle sobre la
cabeza mientras cargaba la cruz. Al fin venía nuestro
Señor, los pies desnudos y ensangrentados, abrumado bajo
el peso de la cruz, temblando, debilitado por la pérdida
de la sangre y devorado de calentura y de sed. Con la
mano derecha sostenía la cruz sobre su hombro derecho;
su mano izquierda, cansada, hacía de cuando en cuando
esfuerzos para levantarse su largo vestido, con que
tropezaban sus pies heridos. Cuatro soldados tenían a
grande distancia la punta de los cordeles atados a la
cintura; los dos de delante le tiraban; los dos que
seguían le empujaban, de suerte que no podía asegurar su
paso. A su rededor no había más que irrisión y crueldad;
mas su boca rezaba y sus ojos perdonaban. Detrás de
Jesús iban los dos ladrones, llevados también por
cuerdas. La mitad de los fariseos a caballos cerraba la
marcha; algunos de ellos corrían acá y allá para
mantener el orden. A una distancia bastante grande venía
la escolta de Pilatos: el gobernador romano tenía su
uniforme de guerra; en medio de sus oficiales, precedido
de un escuadrón de caballería, y seguido de trescientos
infantes, atravesó la plaza, y entró en una calle
bastante ancha. Jesús fue conducido por una calle
estrecha, para no estorbar a la gente que iba al templo
ni a la tropa de Pilatos. La mayor parte del pueblo se
había puesto en movimiento, después de haber condenado a
Jesús. Una gran parte de los judíos se fueron a sus
casas o al templo; sin embargo, la multitud era todavía
numerosa, y se precipitaban delante para ver pasar la
triste procesión. La calle por donde pasaba Jesús era
muy estrecha y muy sucia; tuvo mucho que sufrir; el
pueblo lo injuriaba desde las ventanas, los esclavos le
tiraban lodo y hasta los niños traían piedras en sus
vestidos para echarlas delante de los pies del Salvador.
XX
Primera caída de Jesús debajo de la Cruz
35. La calle, poco antes de su fin, tuerce a la
izquierda, se ensancha y sube un poco; por ella pasa un
acueducto subterráneo, que viene del monte de Sión.
Antes de la subida hay un hoyo, que tiene con frecuencia
agua y lodo cuando llueve, por cuya razón han puesto una
piedra grande para facilitar el paso. Cuando llegó Jesús
a este sitio, ya no podía andar; como los solados
tiraban de Él y lo empujaban sin misericordia, cayó a lo
largo contra esa piedra, y la cruz cayó a su lado. Los
verdugos se pararon, llenándolo de imprecaciones y
pegándole; en vano Jesús tendía la mano para que le
ayudasen, diciendo: "¡Ah, presto se acabará!", y rogó
por sus verdugos; mas los fariseos gritaron: "¡Levantadlo,
si no morirá en nuestras manos!". A los dos lados del
camino había mujeres llorando y niños asustados.
Sostenido por un socorro sobrenatural, Jesús levantó la
cabeza, y aquellos hombres atroces, en lugar de aliviar
sus tormentos, le pusieron la corona de espinas.
Habiéndolo levantado, le cargaron la cruz sobre los
hombros, y tuvo que ladear la cabeza, con dolores
infinitos, para poder colocar sobre su hombro el peso
con que estaba cargado.
XXI
Jesús encuentra a su Santísima Madre – Segunda caída
36. La dolorosa Madre de Jesús había salido de la plaza
después de pronunciada la sentencia inicua, acompañada
de Juan y de algunas mujeres, había visitado muchos
sitios santificados por los padecimientos de Jesús; pero
cuando el sonido de la trompeta, el ruido del pueblo y
la escolta de Pilatos anunciaron la marcha hasta el
Calvario, no pudo resistir al deseo de ver todavía a su
Divino Hijo, y pidió a Juan que la condujese a uno de
los sitios por donde Jesús debía pasar: se fueron a un
palacio, cuya puerta daba a la calle, donde entró la
escolta después de la primera caída de Jesús; era, si no
me equivoco, la habitación del sumo pontífice Caifás.
Juan obtuvo de un criado o portero compasivo el permiso
de ponerse en la puerta con María y los que la
acompañaban. La Madre de Dios estaba pálida y con los
ojos llenos de lágrimas y cubierta enteramente de una
capa parda azulada. Se oía ya el ruido que se acercaba,
el sonido de la trompeta, y la voz del pregonero,
publicando la sentencia en las esquinas. El criado abrió
la puerta, el ruido era cada vez más fuerte y espantoso.
María oró, y dijo a Juan: "¿Debo ver este espectáculo? ¿Debo
huir? ¿Podré yo soportarlo?". Al fin salieron a la
puerta. María se paró, y miró; la escolta estaba a
ochenta pasos; no había gente delante, sino por los
lados y atrás. Cuando los que llevaban los instrumentos
de suplicio se acercaron con aire insolente y triunfante,
la Madre de Jesús se puso a temblar y a gemir, juntando
las manos, y uno de esos hombres preguntó: "¿Quién es
esa mujer que se lamenta?"; y otro respondió: "Es la
Madre del Galileo". Los miserables al oír tales palabras,
llenaron de injurias a esta dolorosa madre, la señalaban
con el dedo, y uno de ellos tomó en sus manos los clavos
con que debían clavar a Jesús en la cruz, y se los
presentó a la Virgen en tono de burla. María miró a
Jesús y se agarró a la puerta para no caerse. Los
fariseos pasaron a caballo, después el niño que llevaba
la inscripción, detrás su Santísimo Hijo Jesús,
temblando, doblado bajo la pesada carga de la cruz,
inclinando sobre su hombro la cabeza coronada de espinas.
Echaba sobre su Madre una mirada de compasión, y
habiendo tropezado cayó por segunda vez sobre sus
rodillas y sobre sus manos. María, en medio de la
violencia de su dolor, no vio ni soldados ni verdugos;
no vio más que a su querido Hijo; se precipitó desde la
puerta de la casa en medio de los soldados que
maltrataban a Jesús, cayó de rodillas a su lado, y se
abrazó a Él. Yo oí estas palabras: "¡Hijo mío!" –
"¡Madre mía!". Pero no sé si realmente fueron
pronunciadas, o sólo en el pensamiento. Hubo un momento
de desorden: Juan y las santas mujeres querían levantar
a María. Los alguaciles la injuriaban; uno de ellos le
dijo: "Mujer, ¿qué vienes a hacer aquí? Si lo hubieras
educado mejor, no estaría en nuestras manos". Algunos
soldados tuvieron compasión. Juan y las santas mujeres
la condujeron atrás a la misma puerta, donde la vi caer
sobre sus rodillas y dejar en la piedra angular la
impresión de sus manos. Esta piedra, que era muy dura,
fue transportada a la primera iglesia católica, cerca de
la piscina de Betesda, en el episcopado de Santiago el
Menor. Mientras tanto, los alguaciles levantaron a Jesús
y habiéndole acomodado la cruz sobre sus hombros, le
empujaron con mucha crueldad para que siguiese adelante.
XXII
Simón
Cirineo – Tercera caída de Jesús
37. Llegaron a la puerta de una muralla vieja, interior
de la ciudad. Delante de ella hay una plaza, de donde
salen tres calles. En esa plaza, Jesús, al pasar sobre
una piedra gruesa, tropezó y cayó; la cruz quedó a su
lado, y no se pudo levantar. Algunas personas bien
vestidas que pasaban para ir al templo, exclamaron
llenas de compasión: "¡Ah! ¡El pobre hombre se muere!".
Hubo algún tumulto; no podían poner a Jesús en pie, y
los fariseos dijeron a los soldados: "No podremos
llevarlo vivo, si no buscáis a un hombre que le ayude a
llevar la cruz". Vieron a poca distancia un pagano,
llamado Simón Cirineo, acompañado de sus tres hijos, que
llevaba debajo del brazo un haz de ramas menudas, pues
era jardinero, y venía de trabajar en los jardines
situados cerca de la muralla oriental de la ciudad.
Estaba en medio de la multitud, de donde no podía salir,
y los soldados, habiendo reconocido por su vestido que
era un pagano y un obrero de la clase inferior, lo
llamaron y le mandaron que ayudara al Galileo a llevar
su cruz. Primero rehusó, pero tuvo que ceder a la fuerza.
Simón sentía mucho disgusto y repugnancia, a causa del
triste estado en que se hallaba Jesús, y de su ropa toda
llena de lodo. Mas Jesús lloraba, y le miraba con
ternura. Simón le ayudó a levantarse, y al instante los
alguaciles ataron sobre sus hombros uno de los brazos de
la cruz. Él seguía a Jesús, que se sentía aliviado de su
carga. Se pusieron otra vez en marcha. Simón era un
hombre robusto, de cuarenta años; sus hijos llevaban
vestidos de diversos colores. Dos eran ya crecidos, se
llamaban Rufo y Alejandro: se reunieron después a los
discípulos de Jesús. El tercero era más pequeño, y lo he
visto con San Esteban, aún niño. Simón no llevó mucho
tiempo la cruz sin sentirse penetrado de compasión.
XXIII
La Verónica y
el Sudario
38. La escolta entró en una calle larga que torcía un
poco a la izquierda, y que estaba cortada por otras
transversales. Muchas personas bien vestidas se dirigían
al templo; pero algunas se retiraban a la vista de Jesús,
por el temor farisaico de contaminarse; otras mostraban
alguna compasión. Habían andado unos doscientos pasos
desde que Simón ayudaba a Jesús a llevar la cruz, cuando
una mujer de elevada estatura y de aspecto imponente,
llevando de la mano a una niña, salió de una bella casa
situada a la izquierda, y se puso delante. Era Serafia,
mujer de Sirac, miembro del Consejo del templo, que se
llamaba Verónica, de Vera Icon (verdadero retrato), a
causa de lo que hizo en ese día. Serafia había preparado
en su casa un excelente vino aromatizado, con la piadosa
intención de dárselo a beber al Señor en su camino de
dolor. Salió a la calle, cubierta de su velo; tenía un
paño sobre sus hombros; una niña de nueve años, que
había adoptado pro hija, estaba a su lado, y escondió,
al acercarse la escolta, el vaso lleno de vino. Los que
iban delante quisieron rechazarla; mas ella se abrió
paso en medio de la multitud, de los soldados y de los
alguaciles, y llegando hasta Jesús, se arrodilló, y le
presentó el paño extendido diciendo: "Permitidme que
limpie la cara de mi Señor". El Señor tomó el paño, lo
aplicó sobre su cara ensangrentada, y se lo devolvió,
dándole las gracias. Serafia, después de haberlo besado,
lo metió debajo de su capa, y se levantó. La niña
levantó tímidamente el vaso de vino hacia Jesús; pero
los soldados no permitieron que bebiera. La osadía y la
prontitud de esta acción habían excitado un movimiento
en la multitud, por los que se paró la escolta como unos
dos minutos. Verónica había podido presentar el sudario.
Los fariseos y los alguaciles, irritados de esta parada,
y sobre todo, de este homenaje público, rendido al
Salvador, pegaron y maltrataron a Jesús, mientras
Verónica entraba en su casa. Apenas había penetrado en
su cuarto, extendió el sudario sobre la mesa que tenía
delante, y cayó sin conocimiento. La niña se arrodilló a
su lado llorando. Un conocido que venía a verla la halló
así al lado de un lienzo extendido, donde la cara
ensangrentada de Jesús estaba estampada de un modo
maravilloso. Se sorprendió con este espectáculo, la hizo
volver en sí, y le mostró el sudario delante del cual
ella se arrodilló, llorando y diciendo: "Ahora lo quiero
dejar todo, pues el Señor me ha dado un recuerdo". Este
sudario era de lana fina, tres veces más largo que ancho,
y se llevaba habitualmente alrededor del cuello: era
costumbre ir con un sudario semejante a socorrer a los
afligidos o enfermos, o a limpiarles la cara en señal de
dolor o de compasión. Verónica guardó siempre el sudario
a la cabecera de su cama. Después de su muerte fue para
la Virgen, y después para la Iglesia por intermedio de
los Apóstoles.
XXIV
Las hijas de
Jerusalén
39. La escolta estaba todavía a cierta distancia de la
puerta, situada en la dirección del sudoeste. Al
acercarse a la puerta los alguaciles empujaron a Jesús
en medio de un lodazal. Simón Cirineo quiso pasar por el
lado, y habiendo ladeado la cruz, Jesús cayó por cuarta
vez. Entonces, en medio de sus lamentos, dijo con voz
inteligible: "¡Ah Jerusalén, cuánto te he amado! ¡He
querido juntar a tus hijos como la gallina junta a sus
polluelos debajo de sus alas, y tú me echas cruelmente
fuera de tus puertas!". Al oír estas palabras, los
fariseos le insultaron de nuevo, y pegándole lo
arrastraron para sacarlo del lodo. Simón Cirineo se
indignó tanto de ver esta crueldad, que exclamó: "Si no
cesáis de insultarle suelto la cruz, aunque me matéis".
Al salir de la puerta encontraron una multitud de
mujeres que lloraban y gemían. Eran vírgenes y mujeres
pobres de Belén, de Hebrón y de otros lugares
circunvecinos, que habían venido a Jerusalén para
celebrar la Pascua. Jesús desfalleció; Simón se acercó a
Él y le sostuvo, impidiendo así que se cayera del todo.
Esta es la quinta caída de Jesús debajo de la cruz. A
vista de su cara tan desfigurada y tan llena de heridas,
comenzaron a dar lamentos, y según la costumbre de los
judíos, le presentaron lienzos para limpiarse el rostro.
El Salvador se volvió hacia ellas, y les dijo: "Hijas de
Jerusalén, no lloréis por mí; llorad por vosotras mismas
y por vuestros hijos, pues vendrá un tiempo en que se
dirá: "¡Felices las estériles y las entrañas que no han
engendrado y los pechos que no han dado de mamar".
Entonces empezarán a decir a los montes: "¡Caed sobre
nosotros!"; y a las alturas: "¡Cubridnos! Pues si así se
trata al leño verde, ¿qué se hará con el seco?". Aquí
pararon en este sitio: los que llevaban los instrumentos
de suplicio fueron al monte Calvario, seguidos de cien
soldados romanos de la escolta de Pilatos, quien al
llegar a la puerta, se volvió al interior de la ciudad.
XXV
Jesús sobre el
Gólgota
40. Se pusieron en marcha. Jesús, doblando bajo su carga
y bajo los golpes de los verdugos, subió con mucho
trabajo el rudo camino que se dirigía al norte, entre
las murallas de la ciudad y el monte Calvario. En el
sitio en donde el camino tuerce al mediodía se cayó por
sexta vez, y esta caída fue muy dolorosa. Los malos
tratamientos que aquí le dieron llegaron a su colmo. El
Salvador llegó a la roca del Calvario, donde cayó por
séptima vez. Simón Cirineo, maltratado también y
agobiado por el cansancio, estaba lleno de indignación:
hubiera querido aliviar todavía a Jesús, pero los
alguaciles lo echaron, llenándole de injurias. Se reunió
poco después a los discípulos. Echaron también a toda la
gente que había venido por mera curiosidad. Los fariseos
a caballo habían seguido caminos cómodos, situados al
lado occidental del Calvario. El llano que hay en la
elevación, el sitio del suplicio, es de forma circular y
está rodeado de un terraplén cortado por cinco caminos.
Estos cinco caminos se hallan en muchos sitios del país,
en los cuales se baña, se bautiza, en la piscina de
Betesda: muchos pueblos tienen también cinco puertas.
Hay en esto una profunda significación profética, a
causa de la abertura de los cinco medios de salvación en
las cinco llagas del Salvador. Los fariseos a caballo se
pararon delante de la llanura al lado occidental, donde
la cuesta es suave: el lado por donde conducen a los
condenados, es áspero y rápido. Cien soldados romanos se
hallaban alrededor del llano. Mucha gente, la mayor
parte de baja clase, extranjeros, esclavos, paganos,
sobre todo mujeres, rodeaban el llano y las alturas
circunvecinas, no temiendo contaminarse. Eran las doce
menos cuarto cuando el Señor dio la última caída y
echaron a Simón. Los alguaciles insultando a Jesús, le
decían: "Rey de los judíos, vamos a componer tu trono".
Pero Él mismo se acostó sobre la cruz y lo extendieron
para tomar su medida; en seguida lo condujeron setenta
pasos al norte, a una especie de hoyo abierto en la roca,
que parecía una cisterna: lo empujaron tan brutalmente,
que se hubiera roto las rodillas contra la piedra, si
los ángeles no lo hubiesen socorrido. Le oí gemir de un
modo que partía el corazón. Cerraron la entrada y
dejaron centinelas. Entonces comenzaron sus preparativos.
En medio del llano circular estaba el punto más elevado
de la roca del Calvario; era una eminencia redonda, de
dos pies de altura, a la cual se subía por escalones.
Abrieron en ella tres hoyos, adonde debían plantarse las
tres cruces, e hicieron otros preparativos para la
crucifixión.
XXVI
María y las santas mujeres van al Calvario
41. La Virgen, después de su doloroso encuentro con
Jesús, habíase retirado a una casa vecina; pero su amor
maternal y el deseo ardiente de estar con su Hijo crecía
cada instante. Se fue a casa de Lázaro, donde estaban
las otras santas mujeres, y diecisiete de ellas se
juntaron con Ella para seguir el camino de la Pasión.
Las vi cubiertas con sus velos, ir a la plaza, sin hacer
caso de las injurias del pueblo, besar el suelo en donde
Jesús había cargado con la cruz, y así seguir adelante
por todo el camino que había llevado. María buscaba los
vestigios de sus pasos, y mostraba a sus compañeras los
sitios consagrados por alguna circunstancia dolorosa. De
este modo la devoción más tierna de la Iglesia fue
escrita por la primera vez en el corazón maternal de
María con la espada que predijo el viejo Simeón. Pasó de
Ella a sus compañeras, y de éstas hasta nosotros. Estas
santas mujeres entraron en casa de Verónica, porque
Pilatos volvía por la misma calle con su escolta,
examinaron llorando la cara de Jesús estampada en el
sudario, y admiraron la gracia que había hecho a esta
santa mujer. En seguida se dirigieron todas juntas hacia
el Gólgota. Subieron al Calvario por el lado occidental,
por donde la subida es más cómoda. La Madre de Jesús, su
sobrina María, hija de Cleofás, Salomé y Juan, se
acercaron hasta el llano circular; Marta, María Helí,
Verónica, Juana Chusa, Susana y María, madre de Marcos,
se detuvieron a cierta distancia con Magdalena, que
estaba como fuera de sí. Más lejos estaban otras siete,
y algunas personas compasivas que establecían las
comunicaciones de un grupo al otro. ¡Qué espectáculo
para María el ver este sitio del suplicio, los clavos,
los martillos, las cuerdas, la terrible cruz, los
verdugos, empeñados en hacer los preparativos para la
crucifixión! La ausencia de Jesús prolongaba su martirio:
sabía que estaba todavía vivo, deseaba verlo, y temblaba
al pensar en los tormentos a que lo vería expuesto.
Desde por la mañana hasta las diez hubo granizo por
intervalos, mas a las doce una niebla encarnada
oscureció el sol.
XXVII
Jesús despojado de sus vestiduras y clavado en la cruz
42. Cuatro alguaciles fueron a sacar a Jesús del sitio
en donde le habían encerrado. Le dieron golpes
llenándole de ultrajes en estos últimos pasos que le
quedaban por andar, y arrastráronle sobre le elevación.
Cuando las santas mujeres vieron al Salvador dieron
dinero a un hombre para que le procurase el permiso de
dar a Jesús el vino aromatizado de Verónica. Mas los
alguaciles las engañaron y se quedaron con el vino,
ofreciendo al Señor una mezcla de vino y mirra. Jesús
mojó sus labios, pero no bebió. En seguida los
alguaciles quitaron a Nuestro Señor su capa, y como no
podían sacarle la túnica sin costuras que su Madre le
había hecho, a causa de la corona de espinas, arrancaron
con violencia esta corona de la cabeza, abriendo todas
sus heridas. No le quedaba más que un lienzo alrededor
de los riñones. El Hijo del hombre estaba temblando,
cubierto de llagas y despedazados sus hombros hasta los
huesos. Habiéndole hecho sentar sobre una piedra le
pusieron la corona sobre la cabeza, y le presentaron un
vaso con hiel y vinagre; mas Jesús volvió la cabeza sin
decir palabra.
43. Después que los alguaciles extendieron al divino
Salvador sobre la cruz, y habiendo estirado su brazo
derecho sobre el brazo derecho de la cruz, lo ataron
fuertemente; uno de ellos puso la rodilla sobre su pecho
sagrado, otro le abrió la mano, y el tercero apoyó sobre
la carne un clavo grueso y largo, y lo clavó con un
martillo de hierro. Un gemido dulce y claro salió del
pecho de Jesús y su sangre saltó sobre los brazos de sus
verdugos. Los clavos era muy largos, la cabeza chata y
del diámetro de una moneda mediana, tenían tres esquinas
y eran del grueso de un dedo pulgar a la cabeza: la
punta salía detrás de la cruz. Habiendo clavado la mano
derecha del Salvador, los verdugos vieron que la mano
izquierda no llegaba al agujero que habían abierto;
entonces ataron una cuerda a su brazo izquierdo, y
tiraron de él con toda su fuerza, hasta que la mano
llegó al agujero. Esta dislocación violenta de sus
brazos lo atormentó horriblemente, su pecho se levantaba
y sus rodillas se estiraban. Se arrodillaron de nuevo
sobre su cuerpo, le ataron el brazo para hundir el
segundo clavo en la mano izquierda; otra vez se oían los
quejidos del Señor en medio de los martillazos. Los
brazos de Jesús quedaban extendidos horizontalmente, de
modo que no cubrían los brazos de la cruz. La Virgen
Santísima sentía todos los dolores de su Hijo: Estaba
cubierta de una palidez mortal y exhalaba gemidos de su
pecho. Los fariseos la llenaban de insultos y de burlas.
Habían clavado a la cruz un pedazo de madera para
sostener los pies de Jesús, a fin de que todo el peso
del cuerpo no pendiera de las manos, y para que los
huesos de los pies no se rompieran cuando los clavaran.
Ya se había hecho el clavo que debía traspasar los pies
y una excavación para los talones. El cuerpo de Jesús se
hallaba contraído a causa de la violenta extensión de
los brazos. Los verdugos extendieron también sus
rodillas atándolas con cuerdas; pero como los pies no
llegaban al pedazo de madera, puesto para sostenerlos,
unos querían taladrar nuevos agujeros para los clavos de
las manos; otros vomitando imprecaciones contra el Hijo
de Dios, decían: "No quiere estirarse, pero vamos a
ayudarle". En seguida ataron cuerdas a su pierna derecha,
y lo tendieron violentamente, hasta que el pie llegó al
pedazo de madera. Fue una dislocación tan horrible, que
se oyó crujir el pecho de Jesús, quien, sumergido en un
mar de dolores, exclamó: "¡Oh Dios mío! ¡Oh Dios mío!".
Después ataron el pie izquierdo sobre el derecho, y
habiéndolo abierto con una especie de taladro, tomaron
un clavo de mayor dimensión para atravesar sus sagrados
pies. Esta operación fue la más dolorosa de todas. Conté
hasta treinta martillazos. Los gemidos de Jesús eran una
continua oración, que contenía ciertos pasajes de los
salmos que se estaban cumpliendo en aquellos momentos.
Durante toda su larga Pasión el divino Redentor no ha
cesado de orar. He oído y repetido con Él estos pasajes,
y los recuerdo algunas veces al rezar los salmos; pero
actualmente estoy tan abatida de dolor, que no puedo
coordinarlos. El jefe de la tropa romana había hecho
clavar encima de la cruz la inscripción de Pilatos. Como
los romanos se burlaban del título de Rey de los judíos,
algunos fariseos volvieron a la ciudad para pedir a
Pilatos otra inscripción. Eran las doce y cuarto cuando
Jesús fue crucificado, y en el mismo momento en que
elevaban la cruz, el templo resonaba con el ruido de las
trompetas que celebraban la inmolación del cordero
pascual.
XXVIII
Exaltación de la
Cruz
44. Los verdugos, habiendo crucificado a Nuestro Señor,
alzaron la cruz dejándola caer con todo su peso en el
hueco de una peña con un estremecimiento espantoso.
Jesús dio un grito doloroso, sus heridas se abrieron, su
sangre corrió abundantemente. Los verdugos, para
asegurar la cruz, la alzaron nuevamente, clavando cinco
cuñas a su alrededor. Fue un espectáculo horrible y
doloroso el ver, en medio de los gritos e insultos de
los verdugos, la cruz vacilar un instante sobre su base
y hundirse temblando en la tierra; mas también se
elevaron hacia ella voces piadosas y compasivas. Las
voces más santas del mundo, las de las santas mujeres y
de todos aquellos que tenían el corazón puro, saludaron
con acento doloroso al Verbo humanado elevado sobre la
cruz. Sus manos vacilantes se elevaron para socorrerlo;
pero cuando la cruz se hundió en el hoyo de la roca con
grande estruendo, hubo un momento de silencio solemne;
todo el mundo parecía penetrado de una sensación nueva y
desconocida hasta entonces. El infierno mismo se
estremeció de terror al sentir el golpe de la cruz que
se hundió, y redobló sus esfuerzos contra ella. Las
almas encerradas en el limbo lo oyeron con una alegría
llena de esperanza: para ellas era el anuncio del
Triunfador que se acercaba a las puertas de la Redención.
La sagrada cruz se elevaba por primera vez en medio de
la tierra, cual otro árbol de vida en el Paraíso, y de
las llagas de Jesús salían cuatro arroyos sagrados para
fertilizar la tierra, y hacer de ella el nuevo Paraíso.
El sitio donde estaba clavada la cruz era más elevado
que el terreno circunvecino; los pies del Salvador
bastante bajos para que sus amigos pudieran besarlos. El
rostro del Señor miraba al noroeste.
XXIX
Crucifixión de los ladrones
45. Mientras crucificaban a Jesús, los dos ladrones
estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los
guardas que lo vigilaban. Los acusaban de haber
asesinado a una mujer con sus hijos, en el camino de
Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho tiempo en la
cárcel antes de su condenación. El ladrón de la
izquierda tenía más edad, era un gran criminal, el
maestro y el corruptor del otro; los llamaban
ordinariamente Dimas y Gesmas. Formaban parte de una
compañía de ladrones de la frontera de Egipto, los
cuales en años anteriores, habían hospedado una noche a
la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era
aquel niño leproso, que en aquella ocasión fue lavado en
el agua que había servido de baño al niño Jesús, curando
milagrosamente de su enfermedad. Los cuidados de su
madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados
con este milagro. Dimas no conocía a Jesús; pero como su
corazón no era malo, se conmovía al ver su paciencia más
que humana. Entretanto los verdugos ya habían plantado
la cruz del Salvador, y se daban prisa para crucificar a
los dos ladrones; pues el sol se oscurecía ya, y en toda
la naturaleza había un movimiento como cuando se acerca
una tormenta. Arrimaron escaleras a las dos cruces ya
plantadas y clavaron las piezas transversales. Sujetados
los brazos de los ladrones a los de las cruces, les
ataron los puños, las rodillas y los pies, apretando las
cuerdas con tal vehemencia que se dislocaron las
coyunturas. Dieron gritos terribles, y el buen ladrón
dijo cuando lo subían: "Si nos hubieseis tratado como al
pobre Galileo, no tendríais el trabajo de levantarnos
así en el aire". Mientras tanto los ejecutores habían
hecho partes de los vestidos de Jesús para repartírselos.
No pudiendo saber a quién le tocaría su túnica
inconsútil trajeron una mesa con números, sacaron unos
dados que tenían figura de habas, y la sortearon. Pero
un criado de Nicodemus y de José de Arimatea vino a
decirles que hallarían compradores de los vestidos de
Jesús; consintieron en venderlos y así conservaron los
cristianos estos preciosos despojos.
XXX
Jesús crucificado y los dos ladrones
46. Los verdugos, habiendo plantado las cruces de los
ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador,
para cortar las cuerdas que tenían atado su Sagrado
Cuerpo. La sangre, cuya circulación había sido
interceptada por la posición horizontal y compresión de
los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue
tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre
su pecho y se quedó como muerto durante unos siete
minutos. Entonces hubo un rato de silencio: se oía otra
vez el sonido de las trompetas del templo de Jerusalén.
Jesús tenía el pecho ancho, los brazos robustos; sus
manos bellas, y, sin ser delicadas, no se parecían a las
de un hombre que las emplea en penosos trabajos. Su
cabeza era de una hermosa proporción, su frente alta y
ancha; su cara formaba un lindo óvalo; sus cabellos, de
un color de cobre oscuro, no eran muy espesos. Entre las
cruces de los ladrones y la de Jesús había bastante
espacio para que un hombre a caballo pudiese pasar. Los
dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo
muy repugnante y terrible, especialmente el de la
izquierda, que no cesaba de proferir injurias y
blasfemias contra el Hijo de Dios.
XXXI
Primera palabra de Jesús en la Cruz
47. Acabada la crucifixión de los ladrones, los verdugos
se retiraron, y los cien soldados romanos fueron
relevados por otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar,
árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de
Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió
después el nombre de Longinos. En estos momentos
llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y
algunos ancianos, que habían pedido inútilmente a
Pilatos que mudase la inscripción de la cruz, y cuya
rabia se había aumentado por la negativa del gobernador.
pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la
cabeza, diciendo: "¡Y bien, embustero; destruye el
templo y levántalo en tres días! - ¡Ha salvado a otros,
y no se puede salvar a sí mismo! - ¡Si eres el Hijo de
Dios, baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que
baje de la cruz, y creeremos en Él". Los soldados se
burlaban también de Él. Cuando Jesús se desmayó, Gesmas,
el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo ha
abandonado". Entonces un soldado puso en la punta de un
palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios
de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: "Si
eres el Rey de los judíos, sálvate tú mismo". Todo esto
pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la
de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo:
"¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!".
Gesmas gritó: "Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos".
Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido al ver que Jesús
pedía por sus enemigos. La Santísima Virgen, al oír la
voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan,
Salomé y María Cleofás. El centurión no los rechazó.
Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento, por la
oración de Jesús, una iluminación interior: reconoció
que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y
dijo en vos distinta y fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo
cuando pide por vosotros? Se ha callado, ha sufrido
paciente todas vuestras afrentas, es un Profeta, es
nuestro Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión
de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se
elevó un gran tumulto en medio de los circunstantes:
tomaron piedras para tirárselas; mas el centurión
Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen se
sintió fortificada con la oración de su Hijo, y Dimas
dijo a su compañero, que continuaba injuriándolo: "¿No
tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo
suplicio? Nosostros lo merecemos justamente, recibimos
el castigo de nuestros crímenes; pero éste no ha hecho
ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete".
Estaba iluminado y tocado: confesó sus culpas a Jesús,
diciendo: "Señor, si me condenáis, será con justicia;
pero tened misericordia de mí". Jesús le dijo: "Tú
sentirás mi misericordia". Dimas recibió en este momento
la gracia de un profundo arrepentimiento. Todo lo que
acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y
media, y pocos minutos después de la Exaltación de la
cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los
espectadores, a causa de la mudanza de la naturaleza.
XXXII
Eclipse de sol – Segunda y tercera palabras de Jesús
48. Cuando Pilatos pronunció la inicua sentencia, cayó
un poco de granizo; después el Cielo se aclaró hasta las
doce, en que vino una niebla colorada que oscureció el
sol: a la sexta hora, según el modo de contar de los
judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un
eclipse milagroso del sol. Yo vi cómo sucedió, mas no
encuentro palabras para expresarlo. Primero fui
transportada como fuera de la tierra: veía las
divisiones del cielo y el camino de los astros, que se
cruzaban de un modo maravilloso; vi la luna a un lado de
la tierra, huyendo con rapidez, como un globo de fuego.
En seguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna
aparecer llena y pálida sobre el monte de los Olivos;
vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del
sol oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol
vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo
cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un
amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego,
semejante a un anillo de hierro hecho ascua. El cielo se
oscureció, y las estrellas aparecieron despidiendo una
luz ensangrentada. Un terror general se apoderó de los
hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús
bajaron la voz. Muchos se daban golpes de pecho,
diciendo: "¡Que la sangre caiga sobre sus verdugos!".
Otros de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo
perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los
ojos hacia ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz
fue abandonada de todos, excepto de María y de los caros
amigos del Salvador. Dimas levantó la cabeza hacia Jesús,
y con una humilde esperanza, le dijo: "¡Señor, acordaos
de mí cuando estéis en vuestro reino!". Jesús le
respondió: "En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en
el Paraíso". María pedía interiormente que Jesús la
dejara morir con Él. El Salvador la miró con una ternura
inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María:
"Mujer, este es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es
tu Madre". Juan besó respetuosamente el pie de la cruz
del Redentor. La Virgen Santísima se sintió acabada de
dolor, pensando que el momento se acercaba en que su
divino Hijo debía separarse de ella. No sé si Jesús
pronunció expresamente todas estas palabras; pero yo
sentí interiormente que daba a María por Madre a Juan, y
a Juan por hijo a María. En tales visiones se perciben
muchas cosas, y con gran claridad que no se hallan
escritas en los Santos Evangelios. Entonces no parece
extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame
Madre mía, sino Mujer; porque aparece como la mujer por
excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente,
sobre todo, en este momento en el que se cumple esta
promesa por la muerte de su Hijo. También se comprende
muy claramente que, dándola por Madre a Juan, la da por
Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen
hijos de Dios. Se comprende también que la más pura, la
más humilde, la más obediente de las mujeres, que
habiendo dicho al ángel: "Ved aquí la esclava del Señor,
hágase en mí según tu palabra", se hizo Madre del Verbo
hecho hombre: oyendo la voz de su Hijo moribundo obedece
y consiente en ser la Madre espiritual de otro hijo,
repitiendo en su corazón estas mismas palabras con una
humilde obediencia, y adopta por hijos suyos a todos los
hijos de Dios, a todos los hermanos de Jesucristo. Es
más fácil sentir todo esto por la gracia de Dios, que
expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que
me había dicho una vez el Padre celestial: "Todo está
revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que
esperan y que aman".
XXXIII
Estado de la ciudad y del templo - Cuarta palabra de
Jesús
49. Era poco más o menos la una y media; fue
transportada la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé
llena de agitación y de inquietud; las calles estaban
oscurecidas por una niebla espesa; los hombres, tendidos
por el suelo con la cabeza cubierta; unos se daban
golpes de pecho, y otros subían a los tejados, mirando
al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se
escondían; las aves volaban bajo y se caían. Pilatos
mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y
les preguntó qué significaban aquellas tinieblas; les
dijo que él las miraba como un signo espantoso, que su
Dios estaba irritado contra ellos, porque habían
perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su
Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que
era inocente de esa muerte; mas ellos persistieron en su
endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas
que no tenían nada de sobrenatural. Sin embargo, mucha
gente se convirtió, y todos aquellos soldados que
presenciaron la prisión de Jesús en el monte de los
Olivos, que entonces cayeron y se levantaron. La
multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en
el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: "¡Que
muera! ¡que sea crucificado!", ahora gritaba: "¡Muera el
juez inicuo! ¡que su sangre recaiga sobre sus verdugos!".
El terror y la angustia llegaban a su como en el templo.
Se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando
de pronto anocheció. Los príncipes de los sacerdotes se
esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad,
encendieron todas las lámparas; pero el desorden
aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado,
correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me
encaminé para salir de la ciudad, los enrejados de las
ventanas temblaban, y sin embargo no había tormenta.
Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz.
El Salvador estaba absorto en el sentimiento de un
profundo abandono; se dirigió a su Padre celestial,
pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo que
sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado
de toda consolación divina y humana, cuando la fe, la
esperanza y la caridad se hallan privadas de toda luz y
de toda asistencia sensible en el desierto de la
tentación, y solas en medio de un padecimiento infinito.
Este dolor no se puede expresar. Entonces fue cuando
Jesús nos alcanzó la fuerza de resistir a los mayores
terrores del abandono, cuando todas las afecciones que
nos unen a este mundo y a esta vida terrestre se rompen,
y que al mismo tiempo el sentimiento de la otra vida se
oscurece y se apaga: nosotros no podemos salir
victoriosos de esta prueba sino uniendo nuestro abandono
a los méritos del suyo sobre la cruz. Jesús ofreció por
nosotros su misericordia, su pobreza, sus padecimientos
y su abandono: por eso el hombre, unido a Él en el seno
de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema,
cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda
consolación desaparecen. Jesús hizo su testamento
delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia y
a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos
herejes que dicen que Jesús, siendo Dios, no sintió los
dolores de su Pasión; y que no sufrió lo que hubiera
padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor nos
mostró su abandono con un grito, y permitió a todos los
afligidos que reconocen a Dios por su Padre un quejido
filial y de confianza. A las tres, Jesús gritó en alta
voz: "¡Eli, Eli, lamma sabactani!". Lo que significa: "¡Dios
mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?". El grito
de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que
reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron
hacia Él y uno de ellos le dijo: "Llama a Elías". Otro
dijo: "Veremos si Elías vendrá a socorrerlo". Cuando
María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino
al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás,
Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía,
un grupo de treinta hombres de la Judea y de los
contornos de Jopé pasaban por allí para ir a la fiesta,
y cuando vieron a Jesús crucificado, y los signos
amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron
llenos de horror: "¡Mal haya esta ciudad! Si el templo
de Dios no estuviera en ella, merecería que la quemasen
por haber tomado sobre sí tal iniquidad". Estas palabras
fueron como un punto de apoyo para el pueblo, y todos
los que tenían los mismos sentimiento se reunían. Los
circunstantes se dividieron en dos partidos: los unos
lloraban y murmuraban, los otros pronunciaban injurias e
imprecaciones. Sin embargo, los fariseos ya no
ostentaban la misma arrogancia que antes, y más bien
temiendo una insurrección popular, se entendieron con el
centurión Abenadar. Dieron órdenes para cerrar la puerta
más cercana de la ciudad y cortar toda comunicación. Al
mismo tiempo enviaron un expreso a Pilatos y Herodes,
para pedir al primero quinientos hombres, y al segundo
sus guardias para impedir una insurrección. Mientras
tanto, el centurión Abenadar mantenía el orden e impedía
los insultos contra Jesús, para no irritar al pueblo.
Poco después de las tres, paulatinamente desaparecieron
las tinieblas. Los enemigos de Jesús recobraron su
arrogancia conforma la luz volvía. Entonces fue cuando
dijeron: "¡Llama a Elías!".
XXXIV
Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús
50. Por la pérdida de sangre el sagrado cuerpo de Jesús
estaba pálido, y sintiendo una sed abrasadora, dijo: "Tengo
sed". Uno de los soldados mojó una esponja en vinagre, y
habiéndola rociado de hiel, la puso en la punta de su
lanza para presentarla a la boca del Señor. De estas
palabras que dijo recuerdo solamente las siguientes: "Cuando
mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará".
Entonces algunos gritaron: "Blasfema todavía". Mas
Abenadar les mandó estarse quietos. La hora del Señor
había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan
limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena,
partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La
Virgen Santísima de pie entre Jesús y el buen ladrón,
miraba el rostro de su Hijo moribundo. Entonces Jesús
dijo: "¡Todo está consumado!". Después alzó la cabeza y
gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo
mi espíritu". Fue un grito dulce y fuerte, que penetró
el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y
rindió el espíritu.
Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo.
El centurión Abenadar tenía los ojos fijos en la cara
ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy
profunda. cuando el Señor murió, la tierra tembló,
abriéndose el peñasco entre la cruz de Jesús y la del
mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a
todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia
iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se
partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio
golpes en el pecho gritando con el acento de un hombre
nuevo: "¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de
Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es
verdaderamente el Hijo de Dios!". Muchos soldados,
pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como
él. Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido
homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al
servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a
Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y
habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se
fue en busca de los discípulos del Señor, que se
mantenían ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció
la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa
de Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la
divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como él: lo
mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y
aún algunos fariseos de los que habían venido
últimamente. Mucha gente se volvía a su casa dándose
golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos,
y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las
tres cuando Jesús rindió el último suspiro. Los soldados
romanos vinieron a guardar la puerta de la ciudad y a
ocupar algunas posiciones para evitar todo movimiento
tumultuoso. Casio y cincuenta soldados se quedaron en el
Calvario.
XXXV
Temblor de tierra – Aparición de los muertos en
Jerusalén
51. Cuando Jesús expiró, vi a su alma, rodeada de mucha
luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos
ángeles, entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos
ángeles arrojaron de la tierra al abismo una multitud de
malos espíritus. Jesús envió desde el limbo muchas almas
a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y
dieran testimonio de Él. En el templo, los príncipes de
los sacerdotes habían continuado el sacrificio,
interrumpido por el espanto que les causaron las
tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz;
mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes
que se caían y del velo del templo que se rasgaba les
infundió un terror espantoso. Se vio de repente aparecer
en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre
el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras;
habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan
Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de la
muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo
sacerdote Simón el Justo se presentaron cerca del gran
púlpito, y hablaron igualmente de la muerte de los
profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se
apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora
el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo.
Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios
en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento
de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron
hablar de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se
oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron,
y una voz gritó: "Salgamos de aquí". Nicodemus, José de
Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos
resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo.
Anás que era uno de los enemigos más acérrimos de Jesús,
estaba así loco de terror: huía de un rincón a otro, en
las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso
animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos
lo había consternado. Dominado Caifás por el orgullo y
la obstinación, aunque sobrecogido por el terror, no
dejó traslucir nada de lo que sentía, oponiendo su
férrea frente a los signos amenazadores de la ira divina.
No pudo, a pesar de sus esfuerzos, hacer continuar la
ceremonia. Dijo y mandó decir a los otros sacerdotes que
estos signos de la ira del cielo habían sido ocasionados
por los secuaces del Galileo, que muchas cosas provenían
de los sortilegios de ese hombre que en su muerte como
en su vida había agitado el reposo del templo. Mientras
todo esto pasaba en el templo, el mismo sobresalto
reinaba en muchos sitios de Jerusalén. No sólo en el
Templo hubo apariciones de muertos: también ocurrieron
en la ciudad y sus alrededores. Entraron en las casas de
sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con
palabras severas contra los que habían tomado parte en
su muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un
sonido extraño e inaudito, iban amortajados según la
usanza del tiempo en que vivían: al llegar a los sitios
en donde la sentencia de muerte de Jesús fue proclamada,
se detuvieron un momento, y gritaron: "¡Gloria a Jesús,
y maldición a sus verdugos!". El terror y el pánico
producidos por estas apariciones fue grande: el pueblo
se retiró por fin a sus moradas, siendo muy pocos los
que comieron por la noche el Cordero pascual.
XXXVI
José de Arimatea pide a Pilatos el cuerpo de Jesús
52. Apenas se restableció un poco la tranquilidad en la
ciudad, el gran consejo de los judíos pidió a Pilatos
que mandara romper las piernas a los crucificados, para
que no estuvieran en la cruz el sábado. Pilatos dio las
órdenes necesarias. En seguida José de Arimatea vino a
verle; pues con Nicodemus habían formado el proyecto de
enterrar a Jesús en un sepulcro nuevo, que había hecho
construir a poca distancia del Calvario. Habló a Pilatos,
pidiéndole el cuerpo de Jesús. Pilatos se extrañó que un
hombre tan honorable pidiese con tanta instancia el
permiso de rendir los últimos honores al que había hecho
morir tan ignominiosamente. Hizo llamar al centurión
Abenadar, vuelto ya después de haber conversado con los
discípulos, y le preguntó si el Rey de los judíos había
expirado. Abenadar le contó la muerte del Salvador, sus
últimas palabras, el temblor de tierra y la roca abierta
por el terremoto. Pilatos pareció extrañar sólo que
Jesús hubiera muerto tan pronto, porque ordinariamente
los crucificados vivían más tiempo; pero interiormente
estaba lleno de angustia y de terror, por la
coincidencia de esas señales con la muerte de Jesús.
Quizá quiso en algo reparar su crueldad dando a José de
Arimatea el permiso de tomar el cuerpo de Jesús. También
tuvo la mira de dar un desaire a los sacerdotes, que
hubiesen visto gustosos a Jesús enterrado
ignominiosamente entre dos ladrones. Envió un agente al
Calvario para ejecutar sus órdenes, que fue Abenadar. Le
vi asistir al descendimiento de la cruz.
XXXVII
Abertura del costado de Jesús – Muerte de los
ladrones
53. Mientras tanto el silencio y el duelo reinaban sobre
el Gólgota. El pueblo atemorizado se había dispersado;
María, Juan, Magdalena, María hija de Cleofás, y Salomé,
estaban de pie o sentadas en frente de la cruz, la
cabeza cubierta y llorando. Se notaban algunos soldados
recostados sobre el terraplén que rodeaba la llanura;
Casio, a caballo, iba de un lado a otro. El cielo estaba
oscuro, y la naturaleza parecía enlutada. Pronto
llegaron seis alguaciles con escalas, azadas, cuerdas y
barras de hierro para romper las piernas a los
crucificados. Cuando se acercaron a la cruz, los amigos
de Jesús se apartaron un poco, y la Virgen Santísima
temía que ultrajasen aún el cuerpo de su Hijo. Aplicaron
las escalas a la cruz para asegurarse de que Jesús
estaba muerto. Habiendo visto que el cuerpo estaba frío
y rígido lo dejaron, y subieron a las cruces de los
ladrones. Dos alguaciles les quebraron los brazos por
encima y por debajo de los codos con sus martillos.
Gesmas daba gritos horribles, y le pegaron tres golpes
sobre el pecho para acabarlo de matar. Dimas lanzó un
gemido, y expiró, siendo el primero de los mortales que
volvió a ver a su Redentor. Los verdugos dudaban todavía
de la muerte de Jesús. El modo horrible como habían
fracturado los miembros de los ladrones hacía temblar a
las santas mujeres por el cuerpo del Salvador. Mas el
subalterno Casio, hombre de veinticinco años, cuyos ojos
bizcos excitaban la befa de sus compañeros, tuvo una
inspiración súbita. La ferocidad bárbara de los verdugos,
la angustia de las santas mujeres, y el ardor grande que
excitó en él la Divina gracia, le hicieron cumplir una
profecía. Empuñó la lanza, y dirigiendo su caballo hacia
la elevación donde estaba la cruz, se puso entre la del
buen ladrón y la de Jesús. Tomó su lanza con las dos
manos, y la clavó con tanta fuerza en el costado derecho
del Señor, que la punta atravesó el corazón, un poco más
abajo del pulmón izquierdo. Cuando la retiró salió de la
herida una cantidad de sangre y agua que llenó su cara,
que fue para él baño de salvación y de gracia. Se apeó,
y de rodillas, en tierra, se dio golpes de pecho,
confesando a Jesús en alta voz. La Virgen Santísima y
sus amigas, cuyos ojos estaban siempre fijos en Jesús,
vieron con inquietud la acción de ese hombre, y se
precipitaron hacia la cruz dando gritos. María cayó en
los brazos de las santas mujeres, como si la lanza
hubiese atravesado su propio corazón, mientras Casio, de
rodillas, alababa a Dios; pues los ojos de su cuerpo y
de su alma se habían curado y abierto a la luz. Todos
estaban conmovidos profundamente a la vista de la sangre
del Salvador, que había caído en un hoyo de la peña, al
pie de la cruz. Casio, María, las santas mujeres y Juan
recogieron la sangre y el agua en frascos, y limpiaron
el suelo con paños. Casio, que había recobrado toda la
plenitud de su vista, estaba en una humilde
contemplación. Los soldados, sorprendidos del milagro
que había obrado en él, se hincaron de rodillas, dándose
golpes de pecho, y confesaron a Jesús. Casio, bautizado
con el nombre de Longinos, predicó la fe como diácono, y
llevó siempre sangre de Jesús sorbe sí. Esta se había
secado, y se halló en su sepulcro, en Italia, en una
ciudad a poca distancia del sitio donde vivió Santa
Clara. Hay un lago con una isla cerca de esta ciudad. El
cuerpo de Longinos debe haber sido transportado a ella.
Los alguaciles, que mientras tanto habían recibido orden
de Pilatos de no tocar el cuerpo de Jesús, no volvieron.
XXXVIII
El descendimiento
54. El cielo estaba todavía oscuro y nebuloso cuando
José y Nicodemus se fueron al Calvario: allí se
encontraron con sus criados y las santas mujeres que
lloraban sentadas en frente de la cruz. Casio y muchos
soldados, que se habían convertido, estaban a cierta
distancia, tímidos y respetuosos. José y Nicodemus
contaron a la Virgen y a Juan todo lo que habían hecho
para librar a Jesús de una muerte ignominiosa, y cómo
habían obtenido que no rompiesen los huesos al Señor.
Entre tanto llegó el centurión Abenadar, y luego
comenzaron la piadosa obra del descendimiento de la cruz,
para embalsamar el sagrado cuerpo del Señor. Casio se
acercó también, y contó a Abenadar la milagrosa curación
de la vista. Todos se sentían muy conmovidos, llenos de
tristeza y de amor. Nicodemus y José pusieron las
escaleras detrás de la cruz, subieron y arrancaron los
clavos. En seguida descendieron despacio el santo Cuerpo,
bajando escalón por escalón con las mayores precauciones.
Fue un espectáculo muy tierno; tenían el mismo cuidado,
las mismas precauciones como si hubiesen temido causar
algún dolor a Jesús. Todos los circunstantes tenían los
ojos fijos en el cuerpo del Señor y seguían sus
movimientos, levantaban las manos al cielo, derramaban
lágrimas y daban señales del más profundo dolor. Todos
estaban penetrados de un respeto profundo, hablando sólo
en voz baja para ayudarse unos a otros. Mientras los
martillazos se oían, María, Magdalena y todos los que
estaban presentes a la crucifixión, tenían el corazón
partido. El ruido de esos golpes les recordaba los
padecimientos de Jesús; temían oír otra vez el grito
penetrante de sus sufrimientos. Habiendo descendido el
santo Cuerpo, lo envolvieron y lo pusieron en los brazos
de su Madre, que se los tendía poseída de dolor y de
amor. Así la Virgen Santísima sostenía por última vez en
sus brazos el cuerpo de su querido Hijo, a quien no
había podido dar ninguna prueba de su amor en todo su
martirio; contempló sus heridas, cubrió de ósculos su
cara ensangrentada, mientras Magdalena reposaba la suya
sobre sus pies. Después de un rato, Juan, acercándose a
la Virgen, le suplicó que se separase de su Hijo para
que le pudieran embalsamar, porque se acercaba el sábado.
María se despidió de Él en los términos más tiernos.
Entonces los hombres lo tomaron de los brazos de su
madre y lo llevaron a un sitio más bajo que la cumbre
del Gólgota, que ofrecía gran comodidad para hacer el
embalsamamiento. Lo hicieron en seguida y envolvieron
después el santo Cuerpo en un gran lienzo blanco. Cuando
todos se arrodillaron para despedirse de Él, se operó
delante de sus ojos un gran milagro: el sagrado cuerpo
de Jesús, con sus heridas, apareció representado sobre
el lienzo que lo cubría, como si hubiese querido
recompensar su celo y su amor, y dejarles un retrato a
través de los velos que lo cubrían. Era un retrato
sobrenatural, un testimonio de la divinidad creadora,
que residía siempre en el cuerpo de Jesús.
XXXIX
Jesús
metido en el sepulcro
55. Los hombres pusieron el sagrado Cuerpo sobre unas
parihuelas de cuero, tapadas con un cobertor oscuro.
Nicodemus y José llevaban sobre sus hombros los palos de
delante, y Abenadar y Juan los de atrás. En seguida
venían la Virgen, Magdalena y María Cleofás, después las
mujeres que habían estado sentadas a cierta distancia,
Verónica, Juana Chusa, María, madre de Marcos, Salomé,
mujer de Zebedeo; María Salomé, Salomé de Jerusalén,
Susana y Ana, sobrina de San José; Casio y los soldados
cerraban la marcha. Se detuvieron a la entrada del
jardín de José, que abrieron arrancando algunos palos,
que sirvieron después de palancas para llevar a la gruta
la piedra que debía tapar el sepulcro. Cuando llegaron a
la peña, levantaron el santo Cuerpo sobre una tabla
larga, cubierta de una sábana. Las santas mujeres se
sentaron en frente de la entrada. Los cuatro hombres
introdujeron el cuerpo del Señor, llenaron de aromas una
parte del sepulcro, extendieron una sábana sobre la cual
pusieron el Cuerpo y salieron. Entonces entró la Virgen,
se sentó al lado de la cabeza, y se bajó, llorando,
sobre el cuerpo de su Hijo. Cuando salió de la gruta,
Magdalena entró y besó, llorando, los pies sagrados de
Jesús; pero habiéndole dicho los hombres que debían
cerrar el sepulcro, se volvió con las otras mujeres.
Pusieron la tapa de color oscuro, y cerraron la puerta.
Todos volvieron a la ciudad; José y Nicodemus
encontraron en Jerusalén a Pedro, a Santiago el Mayor y
a Santiago el Menor. Vi después a la Virgen Santísima y
a sus compañeras entrar en el Cenáculo; Abenadar fue
también introducido, y poco a poco la mayor parte de los
Apóstoles y de los discípulos se reunieron en él.
Tomaron algún alimento, y pasaron todavía unos momentos
reunidos llorando y contando lo que habían visto. Los
hombres cambiaron de vestido, y los vi después, debajo
de una lámpara, orar.
LX
Los
judíos ponen guardia en el sepulcro
56. En la noche del viernes al sábado vi a Caifás y a
los principales judíos consultarse respecto de las
medidas que debían adoptarse, vistos los prodigios que
habían sucedido y la disposición del pueblo. Al salir de
esta deliberación, fueron por la noche a casa de Pilatos,
y le dijeron que como ese seductor había asegurado que
resucitaría el tercer día, era menester guardar el
sepulcro tres días; porque si no, sus discípulos podían
llevarse su Cuerpo y esparcir la voz de su Resurrección.
Pilatos, no queriendo mezclarse en ese negocio, les dijo:
"Tenéis una guardia: mandad que guarde el sepulcro como
queráis". Sin embargo, les dio a Casio, que debía
observarlo todo, para hacer una relación exacta de lo
que viera. Vi salir de la ciudad a unos doce, antes de
levantarse el sol; los soldados que los acompañaban no
estaban vestidos a la romana, eran soldados del templo.
Llevaban faroles puestos en palos para alumbrarse en la
oscura gruta donde se encontraba el sepulcro. Así que
llegaron, se aseguraron de la presencia del cuerpo de
Jesús; después ataron una cuerda atravesada delante de
la puerta del sepulcro, y otra segunda sobre la piedra
gruesa que estaba delante, y lo sellaron todo con un
sello semicircular. Los fariseos volvieron a Jerusalén,
y los guardas se pusieron enfrente de la puerta
exterior. Casio no se movió de su puesto. Había recibido
grandes gracias interiores y la inteligencia de muchos
misterios. No acostumbrado a ese estado sobrenatural,
estuvo todo el tiempo como fuera de sí, sin ver los
objetos exteriores. Se transformó en un nuevo hombre, y
pasó todo el día haciendo penitencia y oración. Después
de la Resurrección del Señor, dejó la milicia y se juntó
con los discípulos. Fue uno de los primeros que
recibieron el bautismo, después de Pentecostés, junto
con otros soldados convertidos al pie de la Cruz
Comienzo de la Nota