La Dolorosa Pasión de
Nuestro Señor Jesucristo
Extractos del libro "La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor
Jesucristo" de la Mística alemana, Venerable
Ana Catalina Emmerich
En el Monte
de los Olivos
Cuando Jesús, después de instituido el Santísimo
Sacramento del altar, salió del Cenáculo con los once
Apóstoles, su alma estaba turbada, y su tristeza se iba
aumentando. Condujo a los once por un sendero apartado
en el valle de Josafat. El Señor, andando con ellos, les
dijo que volvería a este sitio a juzgar al mundo; que
entonces los hombres temblarían y gritarían: "¡Montes,
cubridnos!". Les dijo también: "Esta noche seréis
escandalizados por causa mía; pues está escrito: Yo
heriré al Pastor, y las ovejas serán dispersadas. Pero
cuando resucite, os precederé en Galilea". Los Apóstoles
conservaban aún algo del entusiasmo y del recogimiento
que les había comunicado la santa comunión y los
discursos solemnes y afectuosos de Jesús. Lo rodeaban,
pues, y le expresaban su amor de diversos modos,
protestando que jamás lo abandonarían; pero Jesús
continuó hablándoles en el mismo sentido, y entonces
dijo Pedro: "Aunque todos se escandalizaren por vuestra
causa, yo jamás me escandalizaré". El Señor le predijo
que antes que el gallo cantare le negaría tres veces, y
Pedro insistió de nuevo, y le dijo: "Aunque tenga que
morir con Vos, nunca os negaré". Así hablaron también
los demás. Andaban y se paseaban alternativamente, y la
tristeza de Jesús se aumentaba cada vez más. Querían
ellos consolarlo de un modo puramente humano,
asegurándole que lo que preveía no sucedería. Se
cansaron en esta vana tentativa, comenzaron a sudar, y
vino sobre ellos la tentación. Atravesaron el torrente
de Cedrón, no por el puente donde fue conducido preso
Jesús más tarde, sino por otro, pues habían dado un
rodeo. Getsemaní, adonde se dirigían, está a media legua
del Cenáculo. Desde el Cenáculo hasta la puerta del
valle de Josafat, hay un cuarto de legua, y otro tanto
desde allí hasta Getsemaní. Este sitio, donde Jesús en
los últimos días había pasado algunas noches con sus
discípulos, se componía de varias casas vacías y
abiertas, y de un gran jardín rodeado de un seto, adonde
no había más que plantas de adorno y árboles frutales.
Los Apóstoles y algunas otras personas tenían una llave
de este jardín, que era un lugar de recreo y de oración.
El jardín de los Olivos estaba separado del de Getsemaní
por un camino; estaba abierto, cercado sólo por una
tapia baja, y era más pequeño que el jardín de Getsemaní.
Había en él grutas, terraplenes y muchos olivos, y
fácilmente se encontraban sitios a propósito para la
oración y para la meditación. Jesús fue a orar al más
retirado de todos.
2
Eran cerca de las nueve cuando Jesús llegó a Getsemaní
con sus discípulos. La tierra estaba todavía oscura;
pero la luna esparcía ya su luz en el cielo. El Señor
estaba triste y anunciaba la proximidad del peligro. Los
discípulos estaban sobrecogidos, y Jesús dijo a ocho de
los que le acompañaban que se quedasen en el jardín de
Getsemaní, mientras él iba a orar. Llevó consigo a
Pedro, Juan y Santiago, y entró en el jardín de los
Olivos. Estaba sumamente triste, pues el tiempo de la
prueba se acercaba. Juan le preguntó cómo Él, que
siempre los había consolado, podía estar tan abatido.
"Mi alma está triste hasta la muerte", respondió Jesús;
y veía por todos lados la angustia y la tentación
acercarse como nubes cargadas de figuras terribles.
Entonces dijo a los tres Apóstoles: "Quedaos ahí: velad
y orad conmigo para no caer en tentación". Jesús bajó un
poco a la izquierda, y se ocultó debajo de un peñasco en
una gruta de seis pies de profundidad, encima de la cual
estaban los Apóstoles en una especie de hoyo. El terreno
se inclinaba poco a poco en esta gruta, y las plantas
asidas al peñasco formaban una especie de cortina a la
entrada, de modo que no podía ser visto. Cuando Jesús se
separó de los discípulos, yo vi a su alrededor un
círculo de figuras horrendas, que lo estrechaban cada
vez más. Su tristeza y su angustia se aumentaban;
penetró temblando en la gruta para orar, como un hombre
que busca un abrigo contra la tempestad; pero las
visiones amenazadoras le seguían, y cada vez eran más
fuertes. Esta estrecha caverna parecía presentar el
horrible espectáculo de todos los pecados cometidos
desde la caída del primer hombre hasta el fin del mundo,
y su castigo. A este mismo sitio, al monte de los Olivos,
habían venido Adán y Eva, expulsados del Paraíso, sobre
una tierra ingrata; en esta misma gruta habían gemido y
llorado. Me pareció que Jesús, al entregarse a la divina
justicia en satisfacción de nuestros pecados, hacía
volver su Divinidad al seno de la Trinidad Santísima;
así, concentrado en su pura, amante e inocente humanidad,
y armado sólo de su amor inefable, la sacrificaba a las
angustias y a los padecimientos. Postrado en tierra,
inclinado su rostro ya anegado en un mar de tristeza,
todos los pecados del mundo se le aparecieron bajo
infinitas formas en toda su fealdad interior; los tomó
todos sobre sí, y se ofreció en la oración, a la
justicia de su Padre celestial para pagar esta terrible
deuda. Pero Satanás, que se agitaba en medio de todos
estos horrores con una sonrisa infernal, se enfurecía
contra Jesús; y haciendo pasar ante sus ojos pinturas
cada vez más horribles, gritaba a su santa humanidad:
"¡Como!, ¿tomarás tú éste también sobre ti?, ¿sufrirás
su castigo?, ¿quieres satisfacer por todo esto?". Entre
los pecados del mundo que pesaban sobre el Salvador, yo
vi también los míos; y del círculo de tentaciones que lo
rodeaban vi salir hacia mí como un río en donde todas
mis culpas me fueron presentadas. Al principio Jesús
estaba arrodillado, y oraba con serenidad; pero después
su alma se horrorizó al aspecto de los crímenes
innumerables de los hombres y de su ingratitud para con
Dios: sintió un dolor tan vehemente, que exclamó
diciendo: "¡Padre mío, todo os es posible: alejad este
cáliz!". Después se recogió y dijo: "Que vuestra
voluntad se haga y no la mía". Su voluntad era la de su
Padre; pero abandonado por su amor a las debilidades de
la humanidad temblaba al aspecto de la muerte. Yo vi la
caverna llena de formas espantosas; vi todos los pecados,
toda la malicia, todos los vicios, todos los tormentos,
todas las ingratitudes que le oprimían: el espanto de la
muerte, el terror que sentía como hombre al aspecto de
los padecimientos expiatorios, le asaltaban bajo la
figura de espectros horrendos. Sus rodillas vacilaban;
juntaba las manos; inundábalo el sudor, y se estremecía
de horror. Por fin se levantó, temblaban sus rodillas,
apenas podían sostenerlo; tenía la fisonomía
descompuesta, y estaba desconocido, pálido y erizados
los cabellos sobre la cabeza. Eran cerca de las diez
cuando se levantó, y cayendo a cada paso, bañado de
sudor frío, fue adonde estaban los tres Apóstoles, subió
a la izquierda de la gruta, al sitio donde esto se
habían dormido, rendidos, fatigados de tristeza y de
inquietud. Jesús vino a ellos como un hombre cercado de
angustias que el terror le hace recurrir a sus amigos, y
semejante a un buen pastor que, avisado de un peligro
próximo, viene a visitar a su rebaño amenazado, pues no
ignoraba que ellos también estaban en la angustia y en
la tentación. Las terribles visiones le rodeaban también
en este corto camino. Hallándolos dormidos, juntó las
manos, cayó junto a ellos lleno de tristeza y de
inquietud, y dijo: "Simón, ¿duermes?". Despertáronse al
punto; se levantaron y díjoles en su abandono: "¿No
podíais velar una hora conmigo?". Cuando le vieron
descompuesto, pálido, temblando, empapado en sudor;
cuando oyeron su voz alterada y casi extinguida, no
supieron qué pensar; y si no se les hubiera aparecido
rodeado de una luz radiante, lo hubiesen desconocido.
Juan le dijo: "Maestro, ¿qué tenéis? ¿Debo llamar a los
otros discípulos? ¿Debemos huir?". Jesús respondió: "Si
viviera, enseñara y curara todavía treinta y tres años,
no bastaría para cumplir lo que tengo que hacer de aquí
a mañana. No llames a los otros ocho; helos dejados allí,
porque no podrían verme en esta miseria sin
escandalizarse: caerían en tentación, olvidarían mucho,
y dudarían de Mí, porque verían al Hijo del hombre
transfigurado, y también en su oscuridad y abandono;
pero vela y ora para no caer en la tentación, porque el
espíritu es pronto, pero la carne es débil". Quería así
excitarlos a la perseverancia, y anunciarles la lucha de
su naturaleza humana contra la muerte, y la causa de su
debilidad. Les habló todavía de su tristeza, y estuvo
cerca de un cuarto de hora con ellos. Se volvió a la
gruta, creciendo siempre su angustia: ellos extendían
las manos hacia Él, lloraban, se echaban en los brazos
los unos a los otros, y se preguntaban: "¿Qué tiene?, ¿qué
le ha sucedido?, ¿está en un abandono completo?".
Comenzaron a orar con la cabeza cubierta, llenos de
ansiedad y de tristeza. Todo lo que acabo de decir ocupó
el espacio de hora y media, desde que Jesús entró en el
jardín de los Olivos. En efecto, dice en la Escritura:
"¿No habéis podido velar una hora conmigo?". Pero esto
no debe entenderse a la letra y según nuestro modo de
contar. Los tres Apóstoles que estaban con Jesús habían
orado primero, después se habían dormido, porque habían
caído en tentación por falta de confianza. Los otros
ocho, que se habían quedado a la entrada, no dormían: la
tristeza que encerraban los últimos discursos de Jesús
los había dejado muy inquietos; erraban por el monte de
los Olivos para buscar algún refugio en caso de peligro.
3
Había poco ruido en Jerusalén; los judíos estaban en sus
casas ocupados en los preparativos de la fiesta; yo vi
acá y allá amigos y discípulos de Jesús, que andaban y
hablaban juntos; parecían inquietos y como si esperasen
algún acontecimiento. La Madre del Señor, Magdalena,
Marta, María hija de Cleofás, María Salomé, y Salomé,
habían ido desde el Cenáculo a la casa de María, madre
de Marcos. María asustada de lo que decían sobre Jesús,
quiso venir al pueblo para saber noticias suyas. Lázaro,
Nicodemus, José de Arimatea, y algunos parientes de
Hebrón, vinieron a velar para tranquilizarla. Pues
habiendo tenido conocimiento de las tristes predicciones
de Jesús en el Cenáculo, habían ido a informarse a casa
de los fariseos conocidos suyos, y no habían oído que se
preparase ninguna tentativa contra Jesús: decían que el
peligro no debía ser tan grande; que no atacarían al
Señor tan cerca de la fiesta; ellos no sabían nada de la
traición de Judas. María les habló de la agitación de
éste en los últimos días; de qué manera había salido del
Cenáculo; seguramente había ido a denunciar a Aquél:
Ella le había dicho con frecuencia que era un hijo de
perdición. Las santas mujeres se volvieron a casa de
María, madre de Marcos.
4
Cuando Jesús volvió a la gruta y con Él todos sus
dolores, se prosternó con el rostro contra la tierra y
los brazos extendidos, y en esta actitud rogó a su Padre
celestial; pero hubo una nueva lucha en su alma, que
duró tres cuartos de hora. Vinieron ángeles a mostrarle
en una serie de visiones todos los dolores que había de
padecer para expiar el pecado. Mostráronle cuál era la
belleza del hombre antes de su caída, y cuánto lo había
desfigurado y alterado ésta. Vio el origen de todos los
pecados en el primer pecado; la significación y la
esencia de la concupiscencia; sus terribles efectos
sobre las fuerzas del alma humana, y también la esencia
y la significación de todas las penas correspondientes a
la concupiscencia. Le mostraron, en la satisfacción que
debía de dar a la divina Justicia, un padecimiento de
cuerpo y alma que comprendía todas las penas debidas a
la concupiscencia de toda la humanidad; la deuda del
género humano debía ser satisfecha por la naturaleza
humana, exenta de pecado, del Hijo de Dios. Los ángeles
le presentaban todo esto bajo diversas formas, y yo
percibía lo que decían, a pesar de que no oía su voz.
Ningún lenguaje puede expresar el dolor y el espanto que
sobresaltaron el alma de Jesús a la vista de estas
terribles expiaciones; el dolor de esta visión fue tal,
que un sudor de sangre salió de todo su cuerpo. Mientras
la humanidad de Jesucristo estaba sumergida en esta
inmensidad de padecimientos, yo noté en los ángeles un
movimiento de compasión; hubo un momento de silencio; me
pareció que deseaban ardientemente consolarle, y que por
eso oraban ante el trono de Dios. Hubo como una lucha de
un instante entre la misericordia y la justicia de Dios,
y el amor que se sacrificaba. Me pareció que la voluntad
divina del Hijo se retiraba al Padre, para dejar caer
sobre su humanidad todos los padecimientos que la
voluntad humana de Jesús pedía a su Padre que alejara de
Él. Vi esto en el momento de consolar a Jesús, y en
efecto, recibió en ese instante algún alivio. Entonces
todo desapareció, y los ángeles abandonaron al Señor
cuya alma iba a sufrir nuevos ataques.
5
Habiendo resistido victoriosamente Jesús a todos estos
combates por su abandono completo a la voluntad de su
Padre celestial, le fue presentado un nuevo círculo de
horribles visiones. La duda y la inquietud que preceden
al sacrificio en el hombre que se sacrifica, asaltaron
el alma del Señor, que se hizo esta terrible pregunta:
"¿Cuál será el fruto de este sacrificio?". Y el cuadro
más terrible vino a oprimir su amante corazón.
Apareciéronse a los ojos de Jesús todos los
padecimientos futuros de sus Apóstoles, de sus
discípulos y de sus amigos; vio a la Iglesia primitiva
tan pequeña, y a medida que iba creciendo vio las
herejías y los cismas hacer irrupción, y renovar la
primera caída del hombre por el orgullo y la
desobediencia; vio la frialdad, la corrupción y la
malicia de un número infinito de cristianos; la mentira
y la malicia de todos los doctores orgullosos, los
sacrilegios de todos los sacerdotes viciosos, las
funestas consecuencias de todos estos actos, la
abominación y la desolación en el reino de Dios en el
santuario de esta ingrata humanidad, que Él quería
rescatar con su sangre al precio de padecimientos
indecibles. Vio los escándalos de todos los siglos hasta
nuestro tiempo y hasta el fin del mundo, todas las
formas del error, del fanatismo furioso y de la malicia;
todos los apóstatas, los herejes, los reformadores con
la apariencia de Santos; los corruptores y los
corrompidos lo ultrajaban y lo atormentaban como si a
sus ojos no hubiera sido bien crucificado, no habiendo
sufrido como ellos lo entendían o se lo imaginaban, y
todos rasgaban el vestido sin costura de la Iglesia;
muchos lo maltrataban, lo insultaban, lo renegaban:
muchos al oír su nombre alzaban los hombros y meneaban
la cabeza en señal de desprecio; evitaban la mano que
les tendía, y se volvían al abismo donde estaban
sumergidos. Vio una infinidad de otros que no se
atrevían a dejarlo abiertamente, pero que se alejaban
con disgusto de las llagas de su Iglesia, como el levita
se alejó del pobre asesinado por los ladrones. Se
alejaban de su esposa herida, como hijos cobardes y sin
fe abandonan a su madre cuando llega la noche, cuando
vienen los ladrones, a los cuales, la negligencia o la
malicia ha abierto la puerta. El Salvador vio con amargo
dolor toda la ingratitud, toda la corrupción de los
cristianos de todos los tiempos; juntaba las manos, caía
como abrumado sobre sus rodillas, y su voluntad humana
libraba un combate tan terrible contra la repugnancia de
sufrir tanto por una raza tan ingrata, que el sudor de
sangre caía de su cuerpo a gotas sobre el suelo. En
medio de su abandono, miraba alrededor como para hallar
socorro, y parecía tomar el cielo, la tierra y los
astros del firmamento por testigos de sus padecimientos.
Como elevaba la voz los tres Apóstoles se despertaron,
escucharon y quisieron ir hacia Él; pero Pedro detuvo a
los otros dos, y dijo: "Estad quietos: yo voy a Él". Lo
vi correr y entrar en la gruta, exclamando: "Maestro, ¿qué
tenéis?" . Y se quedó temblando a la vista de Jesús
ensangrentado y aterrorizado. Jesús no le respondió.
Pedro se volvió a los otros, y les dijo que el Señor no
le había respondido, y que no hacía más que gemir y
suspirar. Su tristeza se aumentó, cubriéronse la cabeza,
y lloraron orando. Muchas veces le oí gritar: "Padre mío,
¿es posible que he de sufrir por esos ingratos? ¡Oh
Padre mío! ¡Si este cáliz no se puede alejar de mí, que
vuestra voluntad se haga y no la mía!".
6
En medio de todas esas apariciones, yo veía a Satanás
moverse bajo diversas formas horribles, que
representaban diferentes especies de pecados. Estas
figuras diabólicas arrastraban, a los ojos de Jesús, una
multitud de hombres, por cuya redención entraba en el
camino doloroso de la cruz. Al principio vi rara vez la
serpiente, después la vi aparecer con una corona en la
cabeza: su estatura era gigantesca, su fuerza parecía
desmedida, y llevaba contra Jesús innumerables legiones
de todos los tiempos, de todas las razas. En medio de
esas legiones furiosas, de las cuales algunas me
parecían compuestas de ciegos, Jesús estaba herido como
si realmente hubiera sentido sus golpes; en extremo
vacilante, tan pronto se levantaba como se caía, y la
serpiente, en medio de esa multitud que gritaba sin
cesar contra Jesús, batía acá y allá con su cola, y
desollaba a todos lo que derribaba. Entonces me fue
revelado que estos enemigos del Salvador eran los que
maltrataban a Jesucristo realmente presente en el
Santísimo Sacramento. Reconocí entre ellos todas las
especies de profanadores de la Sagrada Eucaristía. Yo vi
con horror todos esos ultrajes desde la irreverencia, la
negligencia, la omisión, hasta el desprecio, el abuso y
el sacrilegio; desde la adhesión a los ídolos del mundo,
a las tinieblas y a la falsa ciencia, hasta el error, la
incredulidad, el fanatismo y la persecución. Vi entre
esos hombres, ciegos, paralíticos, sordos, mudos y aun
niños. Ciegos que no querían ver la verdad, paralíticos
que no querían andar con ella, sordos que no querían oír
sus avisos y amenazas; mudos que no querían combatir por
ella con la espada de la palabra, niños perdidos por
causa de padres o maestros mundanos y olvidados de Dios,
mantenidos con deseos terrestres, llenos de una vana
sabiduría y alejados de las cosas divinas. Vi con
espanto muchos sacerdotes, algunos mirándose como llenos
de piedad y de fe, maltratar también a Jesucristo en el
Santísimo Sacramento. Yo vi a muchos que creían y
enseñaban la presencia de Dios vivo en el Santísimo
Sacramento, pero olvidaban y descuidaban el Palacio, el
Trono, lugar de Dios vivo, es decir, la Iglesia, el
altar, la custodia, los ornamentos, en fin, todo lo que
sirve al uso y a la decoración de la Iglesia de Dios.
Todo se perdía en el polvo y el culto divino estaba si
no profanado interiormente, a lo menos deshonrado en el
exterior. Todo eso no era el fruto de una pobreza
verdadera, sino de la indiferencia, de la pereza, de la
preocupación de vanos intereses terrestres, y algunas
veces del egoísmo y de la muerte interior. Aunque
hablara un año entero, no podría contar todas las
afrentas hechas a Jesús en el Santísimo Sacramento, que
supe de esta manera. Vi a los autores de ellas asaltar
al Señor, herirle con diversas armas, según la
diversidad de sus ofensas. Vi cristianos irreverentes de
todos los siglos, sacerdotes ligeros o sacrílegos, una
multitud de comuniones tibias o indignas. ¡Qué
espectáculo tan doloroso! Yo veía la Iglesia, como el
cuerpo de Jesús, y una multitud de hombres que se
separaban de la Iglesia, rasgaban y arrancaban pedazos
enteros de su carne viva. Jesús los miraba con ternura,
y gemía de verlos perderse. Vi las gotas de sangre caer
sobre la pálida cara del Salvador. Después de la visión
que acabo de hablar, huyó fuera de la caverna. Cuando
vino hacia los Apóstoles, tenían la cabeza cubierta, y
se habían sentado sobre las rodillas en la misma
posición que tiene la gente de ese país cuando está de
luto o quiere orar. Jesús, temblando y gimiendo, se
acercó a ellos, y despertaron. Pero cuando a la luz de
la luna le vieron de pie delante de ellos, con la cara
pálida y ensangrentada, no lo conocieron de pronto, pues
estaba muy desfigurado. Al verle juntar las manos, se
levantaron, y tomándole por los brazos, le sostuvieron
con amor, y Él les dijo con tristeza que lo matarían al
día siguiente, que lo prenderían dentro de una hora, que
lo llevarían ante un tribunal, que sería maltratado,
azotado y entregado a la muerte más cruel. No le
respondieron, pues no sabían qué decir; tal sorpresa les
había causado su presencia y sus palabras. Cuando quiso
volver a la gruta, no tuvo fuerza para andar. Juan y
Santiago lo condujeron y volvieron cuando entró en ella;
eran las once y cuarto, poco más o menos.
7
Durante esta agonía de Jesús, vi a la Virgen Santísima
llena de tristeza y de amargura en casa de María, madre
de Marcos. Estaba con Magdalena y María en el jardín de
la casa, encorvada sobre una piedra y apoyada sobre sus
rodillas. Había enviado un mensajero a saber de Él, y no
pudiendo esperar su vuelta, se fue inquieta con
Magdalena y Salomé hacia el valle de Josafat. Iba
cubierta con un velo, y con frecuencia extendía sus
brazos hacia el monte de los Olivos, pues veía en
espíritu a Jesús bañado de un sudor de sangre, y parecía
que con sus manos extendidas quería limpiar la cara de
su Hijo. En aquel momento los ocho Apóstoles vinieron a
la choza de follaje de Getsemaní, conversaron entre sí,
y acabaron por dormirse. Estaban dudosos, sin ánimo, y
atormentados por la tentación. Cada uno había buscado un
sitio en donde poderse refugiar, y se preguntaban con
inquietud: "¿Qué haremos nosotros cuando le hayan hecho
morir? Lo hemos dejado todo por seguirle; somos pobres y
desechados de todo el mundo; nos hemos abandonado
enteramente a Él, y ahora está tan abatido, que no
podemos hallar en Él ningún consuelo".
8
Vi a Jesús orando todavía en la gruta, luchando contra
la repugnancia de su naturaleza humana, y abandonándose
a la voluntad de su Padre. Aquí el abismo se abrió
delante de Él, y los primeros grados del limbo se le
presentaron. Vi a Adán y a Eva, los Patriarcas, los
Profetas, los justos, los parientes de su Madre y Juan
Bautista, esperando su llegada al mundo inferior, con un
deseo tan violento, que esta vista fortificó y animó su
corazón lleno de amor. Su muerte debía abrir el Cielo a
estos cautivos. Cuando Jesús hubo mirado con una emoción
profunda estos Santos del antiguo mundo, los ángeles le
presentaron todas las legiones de los bienaventurados
futuros que, juntando sus combates a los méritos de su
Pasión, debían unirse por medio de Él al Padre
celestial. Era esta una visión bella y consoladora. Vio
la salvación y la santificación saliendo como un río
inagotable del manantial de redención abierto después de
su muerte. Los Apóstoles, los discípulos, las vírgenes y
las mujeres, todos los mártires, los confesores y los
ermitaños, los Papas y los Obispos, una multitud de
religiosos, en fin, todo el ejército de los
bienaventurados se presentó a su vista. Todos llevaban
una corona sobre la cabeza, y las flores de la corona
diferían de forma, de color, de olor y de virtud, según
la diferencia de los padecimientos, de los combates, de
las victorias con que habían adquirido la gloria eterna.
Toda su vida y todos sus actos, todos sus méritos y toda
su fuerza, como toda la gloria de su triunfo, venían
únicamente de su unión con los méritos de Jesucristo.
Pero estas visiones consoladoras desaparecieron, y los
ángeles le presentaron su Pasión, que se acercaba. Vi
todas las escenas presentarse delante de Él, desde el
beso de Judas hasta las últimas palabras sobre la Cruz.
Vi allí todo lo que veo en mis meditaciones de la Pasión.
La traición de Judas, la huida de los discípulos, los
insultos delante de Anás y de Caifás, la apostasía de
Pedro, el tribunal de Pilatos, los insultos de Herodes,
los azotes, la corona de espinas, la condenación a
muerte, el camino de la Cruz, el sudario de la Verónica,
la crucifixión, los ultrajes de los fariseos, los
dolores de María, la Magdalena y de Juan, la abertura
del costado; en fin, todo le fue presentado con las más
pequeñas circunstancias. Lo aceptó todo voluntariamente,
y a todo se sometió por amor de los hombres.
9
Al fin de las visiones sobre la Pasión, Jesús cayó sobre
su cara como un moribundo; los ángeles desaparecieron;
el sudor de la sangre corrió con más abundancia y
atravesó sus vestidos. La más profunda oscuridad reinaba
en la caverna. Vi bajar un ángel hacia Jesús. Estaba
vestido como un sacerdote, y traía delante de él, en sus
manos, un pequeño cáliz, semejante al de la Cena. En la
boca de este cáliz se veía una cosa ovalada del grueso
de una haba, que esparcía una luz rojiza. El ángel, sin
bajar hasta el suelo, extendió la mano derecha hacia
Jesús, que se enderezó, le metió en la boca este
alimento misterioso y le dio de beber en el pequeño
cáliz luminoso. Después desapareció. Habiendo Jesús
aceptado libremente el cáliz de sus padecimientos y
recibido una nueva fuerza, estuvo todavía algunos
minutos en la gruta, en una meditación tranquila, dando
gracias a su Padre celestial. Estaba todavía afligido,
pero confortado naturalmente hasta el punto de poder ir
al sitio donde estaban los discípulos sin caerse y sin
sucumbir bajo el peso de su dolor. Cuando Jesús llegó a
sus discípulos, estaban éstos acostados como la primera
vez; tenían la cabeza cubierta, y dormían. El Señor les
dijo que no era tiempo de dormir, que debían despertarse
y orar. "Ved aquí a hora en que el Hijo del hombre será
entregado en manos de los pecadores, les dijo; levantaos
y andemos: el traidor está cerca: más le valdría no
haber nacido". Los Apóstoles se levantaron asustados,
mirando alrededor con inquietud. Cuando se serenaron un
poco, Pedro dijo con animación: "Maestro, voy a llamar a
los otros para que os defendamos". Pero Jesús le mostró
a cierta distancia del valle, del lado opuesto del
torrente del Cedrón, una tropa de hombres armados que se
acercaban con faroles, y le dijo que uno de ellos le
había denunciado. Les habló todavía con serenidad, les
recomendó que consolaran a su Madre, y les dijo: "Vamos
a su encuentro: me entregaré sin resistencia entre las
manos de mis enemigos". Entonces salió del jardín de los
Olivos con sus tres discípulos, y vino al encuentro de
los soldados en el camino que estaba entre el jardín y
Getsemaní.
II
Judas y
Prisión de Jesús
10. No creía Judas que su traición tendría el resultado
que tuvo; el dinero sólo preocupaba su espíritu, y desde
mucho tiempo antes se había puesto en relación con
algunos fariseos y algunos saduceos astutos, que le
excitaban a la traición halagándole. Estaba cansado de
la vida errante y penosa de los Apóstoles. En los
últimos meses no había cesado de robar las limosnas de
que era depositario, y su avaricia, excitada por la
liberalidad de Magdalena cuando derramó los perfumes
sobre Jesús, lo llevó al último de sus crímenes. Había
esperado siempre en un reino temporal de Jesús, y en él
un empleo brillante y lucrativo. Se acercaba más y más
cada día a sus agentes, que le acariciaban y le decían
de un modo positivo que en todo caso pronto acabarían
con Jesús. Se cebó cada vez más en estos pensamientos
criminales, y en los últimos días había multiplicado sus
viajes para decidir a los príncipes de los sacerdotes a
obrar. Estos no querían todavía comenzar, y lo trataron
con desprecio. Decían que faltaba poco tiempo antes de
la fiesta, y que esto causaría desorden y tumulto. El
Sanhedrín sólo prestó alguna atención a las
proposiciones de Judas. Después de la recepción
sacrílega del Sacramento, Satanás se apoderó de él, y
salió a concluir su crimen. Buscó primero a los
negociadores que le habían lisonjeado hasta entonces, y
que le acogieron con fingida amistas. Vinieron después
otros, entre los cuales estaban Caifás y Anás; este
último le habló en tono altanero y burlesco. Andaban
irresolutos, y no estaban seguros del éxito, porque no
se fiaban de Judas. Cada uno presentaba una opinión
diferente, y antes de todo preguntaron a Judas: "¿Podremos
tomarlo? ¿No tiene hombres armados con Él?". Y el
traidor respondió: "No; está solo con sus once
discípulos: Él está abatido, y los once son hombres
cobardes". Les dijo que era menester tomar a Jesús ahora
o nunca, que otra vez no podría entregarlo, que no
volvería más a su lado, que hacía algunos días que los
otros discípulos de Jesús comenzaban a sospechar de él.
Les dijo también que si ahora no tomaban a Jesús, se
escaparía, y volvería con un ejército de sus partidarios
para ser proclamado rey. Estas amenazas de Judas
produjeron su efecto. Fueron de su modo de pensar, y
recibió el precio de su traición: las treinta monedas.
Judas, resentido del desprecio que le mostraban, se dejó
llevar por su orgullo hasta devolverles el dinero hasta
que lo ofrecieran en el templo, a fin de parecer a sus
ojos como un hombre justo y desinteresado. Pero no
quisieron, porque era el precio de la sangre que no
podía ofrecerse en el templo.
Judas vio cuánto le
despreciaban, y concibió un profundo resentimiento. No
esperaba recoger los frutos amargos de su traición antes
de acabarla; pero se había entremetido tanto con esos
hombres, que estaba entregado a sus manos, y no podía
librarse de ellos. Observábanle de cerca, y no le
dejaban salir hasta que explicó la marcha que habían de
seguir para tomar a Jesús. Cuando todo estuvo preparado,
y reunido el suficiente número de soldados, Judas corrió
al Cenáculo, acompañado de un servidor de los fariseos
para avisarles si estaba allí todavía. Judas volvió
diciendo que Jesús no estaba en el Cenáculo, pero que
debía estar ciertamente en el monte de los Olivos, en el
sitio donde tenía costumbre de orar. Pidió que enviaran
con él una pequeña partida de soldados, por miedo de que
los discípulos, que estaban alertas, no se alarmasen y
excitasen una sedición. El traidor les dijo también
tuviesen cuidado de no dejarlo escapar, porque con
medios misteriosos se había desaparecido muchas veces en
el monte, volviéndose invisible a los que le acompañaban.
Les aconsejó que lo atasen con una cadena, y que usaran
ciertos medio mágicos para impedir que la rompiera. Los
judíos recibieron estos avisos con desprecio, y le
dijeron: "Si lo llegamos a tomar, no se escapará". Judas
tomó sus medidas con los que lo debían acompañar, y
besar y saludar a Jesús como amigo y discípulo; entonces
los soldados se presentarían y tomarían a Jesús. Deseaba
que creyeran que se hallaba allí por casualidad; y
cuando ellos se presentaran, él huiría como los otros
discípulos, y no volverían a oír hablar de él. Pensaba
también que habría algún tumulto; que los Apóstoles se
defenderían, y que Jesús desaparecería, como hacía con
frecuencia. Este pensamiento le venía cuando se sentía
mortificado por el desprecio de los enemigos de Jesús;
pero no se arrepentía, porque se había entregado
enteramente a Satanás.
Los soldados tenían orden de
vigilar a Judas y de no dejarlo hasta que tomaran a
Jesús, porque había recibido su recompensa, y temían que
escapase con el dinero. La tropa escogida para acompañar
a Judas se componía de veinte soldados de la guardia del
templo y de los que estaban a las órdenes de Anás y de
Caifás. Judas marchó con los veinte soldados; pero fue
seguido a cierta distancia de cuatro alguaciles de la
última clase, que llevaban cordeles y cadenas; detrás de
éstos venían seis agentes con los cuales había tratado
Judas desde el principio. Eran un sacerdote, confidente
de Anás, un afiliado de Caifás, dos fariseos y dos
saduceos, que eran también herodianos. Estos hombres
eran aduladores de Anás y de Caifás; le servían de
espías, y Jesús no tenía mayores enemigos. Los soldados
estuvieron acordes con Judas hasta llegar al sitio donde
el camino separa el jardín de los Olivos del de
Getsemaní; al llegar allí, no quisieron dejarlo ir solo
delante, y lo trataron dura e insolentemente.
Prisión
de Jesús
11. Hallándose Jesús con los tres Apóstoles en el camino,
entre Getsemaní y el jardín de los Olivos, Judas y su
gente aparecieron a veinte pasos de allí, a la entrada
del camino: hubo una disputa entre ellos, porque Judas
quería que los soldados se separasen de él para
acercarse a Jesús como amigo, a fin de no aparecer en
inteligencia con ellos; pero ellos, parándolo, le
dijeron: "No, camarada; no te acercarás hasta que
tengamos al Galileo". Jesús se acercó a la tropa, y dijo
en voz alta e inteligible: "¿A quién buscáis?". Los
jefes de los soldados respondieron: "A Jesús Nazareno".
- "Yo soy", replicó Jesús. Apenas había pronunciado
estas palabras, cuando cayeron en el suelo, como
atacados por apoplejía. Judas, que estaba todavía al
lado de ellos, se sorprendió, y queriendo acercarse a
Jesús, el Señor le tendió la mano, y le dijo: "Amigo mío,
¿qué has venido a hacer aquí?". Y Judas balbuceando,
habló de un negocio que le habían encargado. Jesús le
respondió en pocas palabras, cuya sustancia es ésta: "¡Más
te valdría no haber nacido!". Mientras tanto, los
soldados se levantaron y se acercaron al Señor,
esperando la señal del traidor: el beso que debía dar a
Jesús. Pedro y los otros discípulos rodearon a Judas y
le llamaron ladrón y traidor. Quiso persuadirlos con
mentiras, pero no pudo, porque los soldados lo defendían
contra los Apóstoles, y por eso mismo atestiguaban
contra él.
Jesús dijo por segunda vez: "¿A quién buscáis?".
Ellos respondieron también: "A Jesús Nazareno". "Yo soy,
ya os lo he dicho; soy yo a quien buscáis; dejad a éstos".
A estas palabras los soldados cayeron una segunda vez
con contorsiones semejantes a las de la epilepsia. Jesús
dijo a los soldados: "Levantaos". Se levantaron, en
efecto, llenos de terror; pero como los soldados
estrechaban a Judas, los soldados le libraron de sus
manos y le mandaron con amenazas que les diera la señal
convenida, pues tenían orden de tomar a aquél a quien
besara. Entonces Judas vino a Jesús, y le dio un beso
con estas palabras: "Maestro, yo os saludo". Jesús le
dijo: "Judas, ¿tu vendes al Hijo del hombre con un beso?".
Entonces los soldados rodearon a Jesús, y los alguaciles,
que se habían acercado, le echaron mano. Judas quiso
huir, pero los Apóstoles lo detuvieron: se echaron sobre
los soldados, gritando: "Maestro, ¿debemos herir con la
espada?". Pedro, más ardiente que los otros, tomó la
suya, pegó a Malco, criado del Sumo Sacerdote, que
quería rechazar a los Apóstoles, y le hirió en la oreja:
éste cayó en el suelo, y el tumulto llegó entonces a su
colmo.
Los alguaciles habían tomado a Jesús para atarlo:
los soldados le rodeaban un poco más de lejos, y, entre
ellos, Pedro que había herido a Malco. Otros soldados
estaban ocupados en rechazar a los discípulos que se
acercaban; o en perseguir a los que huían. Cuatro
discípulos se veían a lo lejos: los soldados no se
habían aún serenado del terror de su caída, y no se
atrevían a alejarse por no disminuir la tropa que
rodeaba a Jesús. Tal era el estado de cosas cuando Pedro
pegó a Malco, mas Jesús le dijo en seguida: "Pedro, mete
tu espada en la vaina, pues el que a cuchillo mata a
cuchillo muere: ¿crees tú que yo no puedo pedir a mi
Padre que me envíe más de doce legiones de ángeles? ¿No
debo yo apurar el cáliz que mi Padre me ha dado a beber?
¿Cómo se cumpliría la Escritura si estas cosas no
sucedieran?". Y añadió: "Dejadme curar a este hombre".
Se acercó a Malco, tocó su oreja, oró, y la curó. Los
soldados que estaban a su alrededor con los alguaciles y
los seis fariseos; éstos le insultaron, diciendo a la
tropa: "Es un enviado del diablo; la oreja parecía
cortada por sus encantos, y por sus mismos encantos la
ha curado". Entonces Jesús les dijo: "Habéis venido a
tomarme como un asesino, con armas y palos; he enseñado
todos los días en el templo, y no me habéis prendido;
pero vuestra hora, la hora del poder de las tinieblas,
ha llegado". Mandaron que lo atasen, y lo insultaban
diciéndole: "Tu no has podido vencernos con tus encantos".
Jesús les dio una respuesta, de la que no me acuerdo
bien, y los discípulos huyeron en todas direcciones.
Los cuatro alguaciles y los seis fariseos no cayeron cuando
los soldados, y por consecuencia no se habían levantado.
Así me fue revelado, porque estaban del todo entregados
a Satanás, lo mismo que Judas, que tampoco se cayó,
aunque estaba al lado de los soldados. Todos los que se
cayeron y se levantaron se convirtieron después, y
fueron cristianos. Estos soldados habían puesto las
manos sobre Él. Malco se convirtió después de su cura, y
en las horas siguientes sirvió de mensajero a María y a
los otros amigos del Salvador.
12. Los alguaciles ataron a Jesús con la brutalidad de
un verdugo. Eran paganos, y de baja extracción. Tenían
el cuello, los brazos y las piernas desnudos; eran
pequeños, robustos y muy ágiles; el color de la cara era
moreno rojizo, y parecían esclavos egipcios. Ataron a
Jesús las manos sobre el pecho con cordeles nuevos y
durísimos; le ataron el puño derecho bajo el codo
izquierdo, y el puño izquierdo bajo el codo derecho. Le
pusieron alrededor del cuerpo una especie de cinturón
lleno de puntas de hierro, al cual le ataron las manos
con ramas de sauce; le pusieron al cuello una especie de
collar lleno de puntas, del cual salían dos correas que
se cruzaban sobre el pecho como una estola, y estaban
atadas al cinturón. De éste salían cuatro cuerdas, con
las cuales tiraban al Señor de un lado y de otro, según
su inhumano capricho. Se pusieron en marcha, después de
haber encendido muchas hachas. Diez hombres de la
guardia iban delante; después seguían los alguaciles,
que tiraban a Jesús por las cuerdas; detrás los fariseos
que lo llenaban de injurias: los otros diez soldados
cerraban la marcha. Los alguaciles maltrataban a Jesús
de la manera más cruel, para adular bajamente a los
fariseos, que estaban llenos de odio y de rabia contra
el Salvador. Lo llevaban por caminos ásperos, por encima
de las piedras, por el lodo, y tiraban de las cuerdas
con toda su fuerza. Tenían en la mano otras cuerdas con
nudos, y con ellas le pegaban. Andaban de prisa y
llegaron al puente sobre el torrente de Cedrón. Antes de
llegar a él vi a Jesús dos veces caer en el suelo por
los violentos tirones que le daban. Pero al llegar al
medio del puente, su crueldad no tuvo límites: empujaron
brutalmente a Jesús atado, y lo echaron desde su altura
en el torrente, diciéndole que saciara su sed. Sin la
asistencia divina, esto sólo hubiera bastado para
matarlo. Cayó sobre las rodillas y sobre la cara, que se
le hubiera despedazado contra los cantos, que estaban
apenas cubiertos con un poco de agua, si no le hubiera
protegido con los brazos juntos atados; pues se habían
desatado de la cintura, sea por una asistencia divina, o
sea porque los alguaciles lo habían desatado. Sus
rodillas, sus pies, sus codos y sus dedos, se
imprimieron milagrosamente en la piedra donde cayó, y
esta marca fue después un objeto de veneración. Las
piedras eran más blandas y más creyentes que el corazón
de los hombres, y daban testimonio, en aquellos
terribles momentos, de la impresión que la verdad
suprema hacía sobre ellas. Yo no he visto a Jesús beber,
a pesar de la sed ardiente que siguió a su agonía en el
jardín de los Olivos; le vi beber agua del Cedrón cuando
le echaron en él, y supe que se cumplió un pasaje
profético de los Salmos, que dice que beberá en el
camino del agua del torrente (Salmo 109). Los alguaciles
tenían siempre a Jesús atado con las cuerdas. Pero no
pudiéndole hacer atravesar el torrente, a causa de una
obra de albañilería que había al lado opuesto, volvieron
atrás, y lo arrastraron con las cuerdas hasta el borde.
Entonces aquéllos lo empujaron sobre el puente,
llenándolo de injurias, de maldiciones y de golpes. Su
larga túnica de lana, toda empapada en agua, se pegaba a
sus miembros; apenas podía andar, y al otro lado del
puente cayó otra vez en el suelo. Lo levantaron con
violencia, le pegaron con las cuerdas, y ataron a su
cintura los bordes de su vestido húmedo. No era aún
media noche cuando vi a Jesús al otro lado del Cedrón,
arrastrado inhumanamente por los cuatro alguaciles por
un sendero estrecho, entre las piedras, los cardos y las
espinas. Los seis perversos fariseos iban lo más cerca
de Él que el camino les permitía, y con palos de
diversas formas le empujaban, le picaban o le pegaban.
Cuando los pies desnudos y ensangrentados de Jesús se
rasgaban con las piedras o las espinas, le insultaban
con una cruel ironía, diciendo: "Su precursor Juan
Bautista no le ha preparado un buen camino"; o bien: "La
palabra de Malaquías: Envío delante de Ti mi ángel para
prepararte el camino, no se aplica aquí". Y cada burla
de estos hombres era como un aguijón para los alguaciles,
que redoblaban los malos tratamientos con Jesús.
13. Sin embargo, advirtieron que algunas personas se
aparecían acá y allá a lo lejos; pues muchos discípulos
se habían juntado al oír la prisión del Señor, y querían
saber qué iba a suceder a su Maestro. Los enemigos de
Jesús, temiendo algún ataque, dieron con sus gritos
señal para que les enviasen refuerzo. Distaban todavía
algunos pasos de una puerta situada al mediodía del
templo, y que conduce, por un arrabal, llamado Ofel, a
la montaña de Sión, adonde vivían Anás y Caifás. Vi
salir de esta puerta unos cincuenta soldados. Llevaban
muchas hachas, eran insolentes, alborotadores y daban
gritos para anunciar su llegada y felicitar a los que
venían de la victoria. Cuando se juntaron con la escolta
de Jesús, vi a Malco y a algunos otros aprovecharse del
desorden, ocasionado por esta reunión, para escaparse al
monte de los Olivos. Los cincuenta soldados eran un
destacamento de una tropa de trescientos hombres, que
ocupaba las puertas y las calles de Ofel; pues el
traidor Judas había dicho a los príncipes de los
sacerdotes que los habitantes de Ofel, pobres obreros la
mayor parte, eran partidarios de Jesús, y que se podía
temer que intentaran libertarlo. El traidor sabía que
Jesús había consolado, enseñado, socorrido y curado un
gran número de aquellos pobres obreros. En Ofel se había
detenido el Señor en su viaje de Betania a Hebrón,
después de la degollación de Juan Bautista, y había
curado muchos albañiles heridos en la caída de la torre
de Siloé. La mayor parte de aquella pobre gente, después
de Pentecostés, se reunieron a la primera comunidad
cristiana. Cuando los cristianos se separaron de los
judíos y establecieron casas para la comunidad, se
elevaron chozas y tiendas desde allí hasta el monte de
los Olivos, en medio del valle. También vivía allí San
Esteban. Los buenos habitantes de Ofel fueron
despertados por los gritos de los soldados. Salieron de
sus casas y corrieron a las calles y las puertas para
saber lo que sucedía. Mas los soldados los empujaban
brutalmente hacia sus casas, diciéndoles: "Jesús, el
malhechor, vuestro falso profeta, va a ser conducido
preso. El Sumo Sacerdote no quiere dejarle continuar el
oficio que tiene. Será crucificado". Al saber esta
noticia, no se oían más gemidos y llantos. Aquella pobre
gente, hombres y mujeres, corrían acá y allá, llorando,
o se ponían de rodillas con los brazos extendidos, y
gritaban al Cielo recordando los beneficios de Jesús.
Pero los soldados los empujaban, les pegaban, los hacían
entrar por fuerza en sus casas, y no se hartaban de
injuriar a Jesús, diciendo: "Ved aquí la prueba de que
es un agitador del pueblo". Sin embargo, no querían
ejercer grandes violencias contra los habitantes de Ofel,
por miedo de que opusieran una resistencia abierta, y se
contentaban con alejarlos del camino que debía seguir
Jesús. Mientras tanto, la tropa inhumana que conducía al
Salvador se acercaba a la puerta de Ofel. Jesús se había
caído de nuevo, y parecía no poder andar más. Entonces
un soldado caritativo dijo a los otros: "Ya veis que
este infeliz hombre no puede andar. Si hemos de
conducirle vivo a los príncipes de los sacerdotes,
aflojadle las manos ara que pueda apoyarse cuando se
caiga". La tropa se paró, y los alguaciles desataron los
cordeles; mientras tanto, un soldado compasivo le trajo
un poco de agua de una fuente que estaba cerca. Jesús le
dio las gracias, y citó con este motivo un pasaje de los
Profetas, que habla de fuentes de agua viva, y esto le
valió mil injurias y mil burlas de parte de los fariseos.
Vi a estos dos hombres, el que le hizo desatar las manos
y el que le dio de beber, ser favorecidos de una luz
interior de la gracia. Se convirtieron antes de la
muerte de Jesús, y se juntaron con sus discípulos. Se
volvieron a poner en marcha y en todo el camino no
cesaron de maltratar al Señor.
III
Jesús delante de
Anás
14. Anás y Caifás habían recibido inmediatamente el
aviso de la prisión de Jesús, y en su casa estaba todo
en movimiento. Los mensajeros corrían por el pueblo para
convocar los miembros del Consejo, los escribas y todos
los que debían tomar parte en el juicio. Toda la
multitud de los enemigos de Jesús iba al tribunal de
Caifás, conducida por los fariseos y los escribas de
Jerusalén, a los cuales se juntaban muchos de los
vendedores, echados del templo por Jesús, muchos
doctores orgullosos, a los cuales había cerrado la boca
en presencia del pueblo y otros muchos instrumentos de
Satanás, llenos de rabia interior contra toda santidad,
y por consecuencia contra el Santo de los santos. Esta
escoria del pueblo judío fue puesta en movimiento y
excitada por alguno de los principales enemigos de Jesús,
y corría por todas partes al palacio de Caifás, para
acusar falsamente de todos los crímenes al verdadero
Cordero sin mancha, que lleva los pecados del mundo, y
para mancharlo con sus obras, que, en efecto, ha tomado
sobre sí y expiado. Mientras que esta turba impura se
agitaba, mucha gente piadosa y amigos de Jesús, tristes
y afligidos, pues no sabían el misterio que se iba a
cumplir, andaban errantes acá y allá, y escuchaban y
gemían. Otras personas bien intencionadas, pero débiles
e indecisas, se escandalizaban, caían en tentación, y
vacilaban en su convicción. El número de los que
perseveraba pequeño. Entonces sucedía lo que hoy sucede:
se quiere ser buen cristiano cuando no se disgusta a los
hombres, pero se avergüenza de la cruz cuando el mundo
la ve con mal ojo. Sin embargo, hubo muchos cuyo corazón
fue movido por la paciencia del Salvador en medio de
tantas crueldades y que se retiraron silenciosos y
desmayados.
15. A media noche Jesús fue introducido en el palacio de
Anás, y lo llevaron a una sala muy grande. En frente de
la entrada estaba sentado Anás, rodeado de veintiocho
consejeros. Su silla estaba elevada del suelo por
algunos escalones. Jesús, rodeado aún de una parte de
los soldados que lo habían arrestado, fue arrastrado por
los alguaciles hasta los primeros escalones. El resto de
la sala estaba lleno de soldados, de populacho, de
criados de Anás, de falsos testigos, que fueron después
a casa de Caifás. Anás esperaba con impaciencia la
llegada del Salvador Estaba lleno de odio y animado de
una alegría cruel. Presidía un tribunal, encargado de
vigilar la pureza de la doctrina, y de acusar delante de
los príncipes de los sacerdotes a los que la infrigían.
Vi al divino Salvador delante de Anás, pálido,
desfigurado, silencioso, con la cabeza baja. Los
alguaciles tenían la punta de las cuerdas que apretaban
sus manos. Anás, viejo, flaco y seco, de barba clara,
lleno de insolencia y orgullo, se sentó con una sonrisa
irónica, haciendo como que nada sabía y que extrañaba
que Jesús fuese el preso que le habían anunciado. He
aquí lo que dijo a Jesús, o a lo menos el sentido de sus
palabras: "¿Cómo, Jesús de Nazareth? Pues ¿dónde están
tus discípulos y tus numerosos partidarios? ¿dónde está
tu reino? Me parece que las cosas no se han vuelto como
tú creías; han visto que ya bastaba de insultos a Dios y
a los sacerdotes, de violaciones de sábado. ¿Quiénes son
tus discípulos? ¿dónde están? ¿Callas? ¡Habla, pues,
agitador, seductor! ¿No has comido el cordero pascual de
un modo inusitado, en un tiempo y en un sitio adonde no
debías hacerlo? ¿Quieres tú introducir una nueva
doctrina? ¿Quién te ha dado derecho para enseñar? ¿Dónde
has estudiado? Habla, ¿cuál es tu doctrina?". Entonces
Jesús levantó su cabeza cansada, miró a Anás, y dijo:
"He hablado en público, delante de todo el mundo: he
enseñado siempre en el templo y en las sinagogas, adonde
se juntan los judíos. Jamás he dicho nada en secreto. ¿Por
qué me interrogas? Pregunta a los que me han oído lo que
les he dicho. Mira a tu alrededor; ellos saben lo que he
dicho". A estas palabras de Jesús, el rostro de Anás
expresó el resentimiento y el furor. Un infame ministro
que estaba cerca de Jesús lo advirtió; y el miserable
pegó con su mano cubierta de un guante de hierro, una
bofetada en el rostro del Señor, diciendo: "¿Así
respondes al Sumo Pontífice?". Jesús, empujado por la
violencia del golpe, cayó de un lado sobre los escalones,
y la sangre corrió por su cara. La sala se llenó de
murmullos, de risotadas y de ultrajes. Levantaron a
Jesús, maltratándolo, y el Señor dijo tranquilamente: "Si
he hablado mal, dime en qué; pero si he hablado bien, ¿por
qué me pegas?". Exasperado Anás por la tranquilidad de
Jesús, mandó a todos los que estaban presentes que
dijeran lo que le habían oído decir. Entonces se levantó
una explosión de clamores confusos y de groseras
imprecaciones. "Ha dicho que era rey; que Dios era su
padre; que los fariseos eran unos adúlteros; subleva al
pueblo; cura, en nombre del diablo, el sábado; los
habitantes de Ofel le rodeaban con furor, le llaman su
Salvador y su Profeta; se deja nombrar Hijo de Dios; se
dice enviado por Dios; no observa los ayunos; come con
los impuros, los paganos, los publicanos y los pecadores".
Todos estos cargos los hacían a la vez: los acusadores
venían a echárselos en cara, mezclándolos con las más
groseras injurias, y los alguaciles le pegaban y le
empujaban, diciéndole que respondiera. Anás y sus
consejeros añadían mil burlas a estos ultrajes, y le
decían: "¡Esa es tu doctrina! ¿Qué respondes? ¿Qué
especia de Rey eres tu? Has dicho que eres más que
Salomón. No tengas cuidado, no te rehusaré más tiempo el
título de tu dignidad real". Entonces Anás pidió una
especie de cartel, de una vara de largo y tres dedos de
ancho; escribió en él una serie de grandes letras, cada
una indicando una acusación contra el Señor. Después lo
envolvió, y lo metió en una calabacita vacía, que tapó
con cuidado y ató después a una caña. Se la presentó a
Jesús, diciéndole con ironía: "Este es el cetro de tu
reino: ahí están reunidos tus títulos, tus dignidades y
tus derechos. Llévalos al Sumo Sacerdote para que
conozca tu misión y te trate según tu dignidad. Que le
aten las manos a ese Rey, y que lo lleven delante del
Sumo Sacerdote". Ataron de nuevo las manos a Jesús;
sujetaron también con ello el simulacro del cetro, que
contenía las acusaciones de Anás; y condujeron a Jesús a
casa de Caifás, en medio de la risa, de las injurias y
de los malos tratamientos de la multitud. La casa de
Anás estaría a trescientos pasos de la de Caifás. El
camino, que era a lo largo de paredes y de pequeños
edificios dependientes del tribunal del Sumo Pontífice,
estaba alumbrado con faroles y cubierto de judíos, que
vociferaban y se agitaban. Los soldados podían apenas
abrir por medio de la multitud. Los que habían ultrajado
a Jesús en casas de Anás repetían sus ultrajes delante
del pueblo; y el Salvador fue injuriado y maltratado
todo el camino. Vi hombres armados rechazar algunos
grupos que parecían comparecer al Señor, dar dinero a
los que se distinguían por su brutalidad con Jesús y
dejarlos entrar en el patio de Caifás.
IV
Jesús delante
de Caifás
16. Para llegar al tribunal de Caifás se atraviesa un
primer patio exterior, después se entra en otro patio,
que rodea todo el edificio. La casa tiene doble de largo
que de ancho. Delante hay una especie de vestíbulo
descubierto, rodeado de tres órdenes de columnas,
formando galerías cubiertas. Jesús fue introducido en el
vestíbulo en medio de los clamores, de las injurias y de
los golpes. Apenas estuvo en presencia del Consejo,
cuando Caifás exclamó: "¡Ya estás aquí, enemigo de dios,
que llenas de agitación esta santa noche!". La calabaza
que contenía las acusaciones de Anás fue desatada del
cetro ridículo puesto entre las manos de Jesús. Después
que las leyeron, Caifás con más ira que Anás, hacía una
porción de preguntas a Jesús, que estaba tranquilo,
paciente, con los ojos mirando al suelo. Los alguaciles
querían obligarle a hablar, lo empujaban, le pegaban, y
un perverso le puso el dedo pulgar con fuerza en la boca,
diciéndole que mordiera. Pronto comenzó la audiencia de
los testigos, y el populacho excitado daba gritos
tumultuosos, y se oía hablar a los mayores enemigos de
Dios, entre los fariseos y los saduceos reunidos en
Jerusalén de todos los puntos del país. Repetían las
acusaciones a que Él había respondido mil veces: "Que
curaba a los enfermos y echaba a los demonios por arte
de éstos, que violaba el Sábado, que sublevaba al
pueblo, que llamaba a los fariseos raza de víboras y
adúlteros, que había predicho la destrucción de
Jerusalén, frecuentaba a los publicanos y los pecadores,
que se hacía llamar Rey, Profeta, Hijo de Dios; que
hablaba siempre de su Reino, que desechaba el divorcio,
que se llamaba Pan de vida". Así sus palabras, sus
instrucciones y sus parábolas eran desfiguradas,
mezcladas con injurias, y presentadas como crímenes.
Pero todos se contradecían, se perdían en sus relatos y
no podían establecer ninguna acusación bien fundada. Los
testigos comparecían más bien para decirle injurias en
su presencia que para citar hechos. Se disputaban entre
ellos, y Caifás aseguraba muchas veces que la confusión
que reinaba en las deposiciones de los testigos era
efecto de sus hechizos. Algunos dijeron que había comido
la Pascua la víspera, que era contra la ley y que el año
anterior había ya hecho innovaciones en la ceremonia.
Pero los testigos se contradijeron tanto, que Caifás y
los suyos estaban llenos de vergüenza y de rabia al ver
que no podían justificar nada que tuviera algún
fundamento. Nicodemus y José de Arimatea fueron citados
a explicar sobre que había comido la pascua en una sala
perteneciente a uno de ellos, y probaron, con escritos
antiguos, que de tiempo inmemorial los galileos tenían
el permiso de comer la Pascua un día antes. Al fin, se
presentaron los dos diciendo: "Jesús ha dicho: Yo
derribaré el templo edificado por las manos de los
hombres y en tres días reedificaré uno que no estará
hecho por mano de los hombres". No estaban éstos tampoco
acordes. Caifás, lleno de cólera, exasperado por los
discursos contradictorios de los testigos, se levantó,
bajó los escalones, y dijo: "Jesús: ¿No respondes tú
nada a ese testimonio?". Estaba muy irritado porque
Jesús no lo miraba. Entonces los alguaciles, asiéndolo
por los cabellos, le echaron la cabeza atrás y le
pegaron puñadas bajo la barba; pero sus ojos no se
levantaron. Caifás elevó las manos con viveza, y dijo en
tono de enfado: "Yo te conjuro por el Dios vivo que nos
digas si eres el Cristo, el Mesías, el Hijo de Dios".
Había un profundo silencio, y Jesús, con una voz llena
de majestad indecible, con la voz del Verbo Eterno, dijo:
"Yo lo soy, tú lo has dicho. Y yo os digo que veréis al
Hijo del hombre sentado a la derecha de la Majestad
Divina, viniendo sobre las nubes del cielo". Mientras
Jesús decía estas palabras, yo le vi resplandeciente: el
cielo estaba abierto sobre Él, y en una intuición que no
puedo expresar, vi a Dios Padre Todopoderoso; vi también
a los ángeles, y la oración de los justos que subía
hasta su Trono. Debajo de Caifás vi el infierno como una
esfera de fuego, oscura, llena de horribles figuras. Él
estaba encima, y parecía separado sólo por una gasa. Vi
toda la rabia de los demonios concentrada en él. Toda la
casa me pareció un infierno salido de la tierra. Cuando
el Señor declaró solemnemente que era el Cristo, Hijo de
Dios, el infierno tembló delante de Él, y después vomitó
todos sus furores en aquella casa. Caifás asió el borde
de su capa, lo rasgó con ruido, diciendo en alta voz:
"¡Has blasfemado! ¿Para qué necesitamos testigos? ¡Habéis
oído? Él blasfema: ¿cuál es vuestra sentencia?".
Entonces todos los asistentes gritaron cuna voz
terrible: "¡Es digno de muerte! ¡Es digno de muerte!".
Durante esta horrible gritería, el furor del infierno
llegó a lo sumo. Parecía que las tinieblas celebraban su
triunfo sobre la luz. Todos los circunstantes que
conservaban algo bueno fueron penetrados de tan horror
que muchos se cubrieron la cabeza y se fueron. Los
testigos más ilustres salieron de la sala con la
conciencia agitada. Los otros se colocaron en el
vestíbulo alrededor del fuego, donde les dieron dinero,
de comer y de beber. El Sumo Sacerdote dijo a los
alguaciles: "Os entrego este Rey; rendid al blasfemo los
honores que merece". En seguida se retiró con los
miembros del Consejo a otra sala donde no se le podía
ver desde el vestíbulo.
17. Cuando Caifás salió de la sala del tribunal, con los
miembros del Consejo, una multitud de miserables se
precipitó sobre Nuestro Señor, como un enjambre de
avispas irritadas. Ya durante el interrogatorio de los
testigos, toda aquella chusma le había escupido,
abofeteado, pegado con palos y pinchado con agujas.
Ahora, entregados sin freno a su rabia insana, le ponían
sobre la cabeza coronas de paja y de corteza de árbol y
decían: "Ved aquí al hijo de David con la corona de su
padre. Es el Rey que da una comida de boda para su hijo".
Así se burlaban de las verdades eternas, que Él
presentaba en parábolas a los hombres que venía a salvar;
y no cesaban de golpearle con los puños o con palos. Le
taparon los ojos con un trapo asqueroso, y le pegaban,
diciendo: "Gran Profeta, adivina quién te ha pegado".
Jesús no abría la boca; pedía por ellos interiormente y
suspiraba. Vi que todo estaba lleno de figuras
diabólicas; era todo tenebroso, desordenado y horrendo.
Pero también vi con frecuencia una luz alrededor de
Jesús, desde que había dicho que era el Hijo de Dios.
Muchos de los circunstantes parecían tener un
presentimiento de ello, más o menos confuso; sentían con
inquietud que todas las ignominias, todos los insultos
no podían hacerle perder su indecible majestad. La luz
que rodeaba a Jesús parecía redoblar el furor de sus
ciegos enemigos.
V
Negación de Pedro
18. Pedro y Juan que habían seguido a Jesús de lejos,
lograron entrar en el tribunal de Caifás. Ya no tuvieron
fuerzas para contemplar en silencio las crueldades e
ignominias que su Maestro tuvo que sufrir. Juan fue a
juntarse con la Madre de Jesús, que en estos momentos se
hallaba en casa de Marta. Pedro estaba silencioso; pero
su silencio mismo y su tristeza lo hacían sospechoso. La
portera se acercó, y oyendo hablar de Jesús y de sus
discípulos, miró a Pedro con descaro, y le dijo: "Tú
eres también discípulo del Galileo". Pedro, asustado,
inquieto y temiendo ser maltratado por aquellos hombres
groseros, respondió: "Mujer, no le conozco; no sé lo que
quieres decir". Entonces se levantó y queriendo
deshacerse de aquella compañía, salió del vestíbulo. Era
el momento en que el gallo cantaba la primera vez. Al
salir, otra criada le miró, y dijo: "Este también se ha
visto con Jesús de Nazareth"; y los que estaban a su
lado preguntaron: "¿No eras tú uno de sus discípulos?".
Pedro, asustado, hizo nuevas protestas, y contestó: "En
verdad, yo no era su discípulo; no conozco a ese
hombre". Atravesó el primer patio, y vino al del
exterior. Ya no podía hallar reposo, y su amor a Jesús
lo llevó de nuevo al patio interior que rodea el
edificio. Mas como oía decir a algunos: "¿Quién es ese
hombre?", se acercó a la lumbre, donde se sentó un rato.
Algunas personas que habían observado su agitación se
pusieron a hablarle de Jesús en términos injuriosos. Una
de ellas le dijo: "Tú eres uno de sus partidarios; tú
eres Galileo; tu acento te hace conocer". Pedro
procuraba retirarse; pero un hermano de Maleo,
acercándose a él le dijo: "¿No eres tú el que yo he
visto con ellos en el jardín de las Olivas, y que ha
cortado la oreja de mi hermano?". Pedro, en su ansiedad,
perdió casi el uso de la razón: se puso a jurar que no
conocía a ese hombre, y corrió fuera del vestíbulo al
patio interior. Entonces el gallo cantó por segunda vez,
y Jesús, conducido a la prisión por medio del patio, se
volvió a mirarle con dolor y compasión. Las palabras de
Jesús: "Antes que el gallo cante dos veces, me has de
negar tres", le vinieron a la memoria con una fuerza
terrible. En aquel instante sintió cuán enorme era su
culpa, y su corazón se partió. Había negado a su Maestro
cuando estaba cubierto de ultrajes, entregado a jueces
inicuos, paciente y silencioso en medio de los tormentos.
Penetrado de arrepentimiento, volvió al patio exterior
con la cabeza cubierta y llorando amargamente. Ya no
temía que le interpelaran: ahora hubiera dicho a todo el
mundo quién y cuán culpable era.
VI
María en casa
de Caifás
19. La Virgen Santísima, hallándose constantemente en
comunicación espiritual con Jesús, sabía todo lo que le
sucedía, y sufría con Él. Estaba como Él en oración
continua por sus verdugos; pero su corazón materno
clamaba también a Dios, para que no dejara cumplirse
este crimen, y que apartara esos dolores de su Santísimo
Hijo. Tenía un vivo deseo de acercarse a Jesús, y pidió
a Juan que la condujera cerca del sitio donde Jesús
sufría. Juan, que no había dejado a su divino Maestro
más que para consolar a la que estaba más cerca de su
corazón después de Él, condujo a las santas mujeres a
través de las calles, alumbradas por el resplandor de la
luna. Iban con la cabeza cubierta; pero sus sollozos
atrajeron sobre ellas la atención de algunos grupos, y
tuvieron que oír palabras injuriosas contra el Salvador.
La Madre de Jesús contemplaba interiormente el suplicio
de su Hijo, y lo conservaba en su corazón como todo lo
demás, sufriendo en silencio como Él. Al llegar a la
casa de Caifás, atravesó el patio exterior y se detuvo a
la entrada del interior, esperando que le abrieran la
puerta. Esta se abrió, y Pedro se precipitó afuera,
llorando amargamente. María le dijo: "Simón, ¿qué ha
sido de Jesús, mi Hijo?". Estas palabras penetraron
hasta lo íntimo de su alma. No pudo resistir su mirada;
pero María se fue a él, y le dijo con profunda tristeza:
"Simón, ¿no me respondes?". Entonces Pedro exclamó,
llorando: "¡Oh Madre, no me hables! Lo han condenado a
muerte, y yo le he negado tres veces vergonzosamente".
Juan se acercó para hablarle; pero Pedro, como fuera de
sí, huyó del patio y se fue a la caverna del monte de
las Olivas. La Virgen Santísima tenía el corazón
destrozado. Juan la condujo delante del sitio donde el
Señor estaba encerrado. María estaba en espíritu con
Jesús; quería oír los suspiros de su Hijo y los oyó con
las injurias de los que le rodeaban. Las santas mujeres
no podían estar allí mucho tiempo sin ser vistas;
Magdalena mostraba una desesperación demasiado exterior
y muy violenta; y aunque la Virgen en lo más profundo de
su dolor conservaba una dignidad y un silencio
extraordinario, sin embargo, al oír estas crueles
palabras: "¿No es la madre del Galileo? Su hijo será
ciertamente crucificado; pero no antes de la fiesta, a
no ser que sea el mayor de los criminales"; Juan y las
santas mujeres tuvieron que llevarla más muerta que
viva. La gente no dijo nada, y guardó un extraño
silencio: parecía que un espíritu celestial había
atravesado aquel infierno.
VII
María en casa de Caifás
20. Jesús estaba encerrado en un pequeño calabozo
abovedado, del cual se conserva todavía una parte. Dos
de los cuatro alguaciles se quedaron con Él, pero pronto
los relevaron otros. Cuando el Salvador entró en la
cárcel, pidió a su Padre celestial que aceptara todos
los malos tratamientos que había sufrido y que tenía aún
que sufrir, como un sacrificio expiatorio por sus
verdugos y por todos los hombres que, sufriendo iguales
padecimientos, se dejaran llevar de la impaciencia o de
la cólera. Los verdugos no le dieron un solo instante de
reposo. Lo ataron en medio del calabozo a un pilar, y no
le permitieron que se apoyara; de modo que apenas podía
tenerse sobre sus pies cansados, heridos e hinchados. No
cesaron de insultarle y de atormentarle, y cuando los
dos de guardia estaban cansados, los relevaban otros,
que inventaban nuevas crueldades. Puedo contar lo que
esos hombres crueles hicieron sufrir al Santo de los
Santos; estoy muy mala, y estaba casi muerta a esta
vista. ¡Ah! ¡qué vergonzoso es para nosotros que nuestra
flaqueza no pueda decir u oír sin repugnancia la
historia de los innumerables ultrajes que el Redentor ha
padecido por nuestra salvación! Nos sentimos penetrados
de un horror igual al de un asesino obligado a poner la
mano sobre las heridas de su víctima. Jesús lo sufrió
todo sin abrir la boca; y eran los hombres, los
pecadores, los que derramaban su rabia sobre su Hermano,
su Redentor y su Dios. Yo también soy una pobre pecadora;
yo también soy causa de su dolorosa pasión. El día del
juicio, cuando todo se manifieste, veremos todos la
parte que hemos tomado en el suplicio del Hijo de Dios
por los pecados que no cesamos de cometer, y que son una
participación en los malos tratamientos que esos
miserables hicieron sufrir a Jesús. En su prisión el
Divino Salvador pedía sin cesar por sus verdugos; y como
al fin le dejaron un instante de reposo, lo vi recostado
sobre el pilar, y completamente rodeado de luz. El día
comenzaba a alborear: era el día de su Pasión, el día de
nuestra redención; un tenue rayo de luz caía por el
respiradero del calabozo sobre nuestro Cordero pascual.
Jesús elevó sus manos atadas hacia la luz que venía, y
dio gracias a su Padre, en alta voz y de la manera más
tierna, por el don de este día tan deseado por los
Patriarcas, por el cual Él mismo había suspirado con
tanto ardor desde la llegada a la tierra. Antes ya había
dicho a sus discípulos: "Debo ser bautizado con otro
bautismo, y estoy en la impaciencia hasta que se cumpla".
He orado con Él, pero no puedo referir su oración; tan
abatida estaba. Cuando daba gracias por aquel terrible
dolor que sufría también por mí, yo no podía sino decir
sin cesar: "¡Ah! Dadme, dadme vuestros dolores: ellos me
pertenecen, son el precio de mis pecados". Era un
espectáculo que partía el corazón verlo recibir así el
primer rayo de luz del grande día de su sacrificio.
Parecía que ese rayo llegaba hasta Él como el verdugo
que visita al reo en la cárcel, para reconciliarse con
él antes de la ejecución. Los alguaciles, que se habían
dormido un instante, despertaron y le miraron con
sorpresa, pero no le interrumpieron. Jesús estuvo poco
más de una hora en esta prisión. Entre tanto Judas, que
había andado errante como un desesperado en el valle de
Hinón, se acercó al tribunal de Caifás. Tenía todavía
colgadas de su cintura las treinta monedas, precio de su
traición. Preguntó a los guardias de la casa, sin darse
a conocer, qué harían con el Galileo. Ellos le dijeron:
"Ha sido condenado a muerte y será crucificado". Judas
se retiró detrás del edificio para no ser visto, pues
huía de los hombres como Caín, y la desesperación
dominaba cada vez más a su alma. Permaneció oculto en
los alrededores, esperando la conclusión del juicio de
la mañana. VIII
Jesús en la carcel
21. Al amanecer, Caifás, Anás, los ancianos y los
escribas se juntaron de nuevo en la gran sala del
tribunal, para pronunciar un juicio en forma, pues no
era legal el juzgar en la noche: podía haber sólo una
instrucción preparatoria, a causa de la urgencia. La
mayor parte de los miembros había pasado el resto de la
noche en casa de Caifás. La asamblea era numerosa, y
había en todos sus movimientos mucha agitación. Como
querían condenar a Jesús a muerte, Nicodemus, José y
algunos otros se opusieron a sus enemigos, y pidieron
que se difiriese el juicio hasta después de la fiesta:
hicieron presente que no se podía fundar un juicio sobre
las acusaciones presentadas ante el tribunal, porque
todos los testigos se contradecían. Los príncipes de los
sacerdotes y sus adeptos se irritaron y dieron a
entender claramente a los que contradecían, que siendo
ellos mismos sospechosos de ser favorables a las
doctrinas del Galileo, les disgustaba ese juicio, porque
los comprendía también. Hasta quisieron excluir del
Consejo a todos los que eran favorables a Jesús; estos
últimos, declarando que no tomarían ninguna parte en
todo lo que pudieran decidir, salieron de la sala y se
retiraron al templo. Desde aquel día no volvieron a
entrar en el Consejo. Caifás ordenó que trajeran a Jesús
delante de los jueces, y que se preparasen para
conducirlo a Pilatos inmediatamente después del juicio.
Los alguaciles se precipitaron en tumulto a la cárcel,
desataron las manos de Jesús, le ataron cordeles al
medio del cuerpo, y le condujeron a los jueces. Todo
esto se hizo precipitadamente y con una horrible
brutalidad. Caifás, lleno de rabia contra Jesús, le dijo:
"Si tú eres el ungido por Dios, si eres el Mesías,
dínoslo". Jesús levantó la cabeza, y dijo con una santa
paciencia y grave solemnidad: "Si os lo digo, no me
creeréis; y si os interrogo, no me responderéis, ni me
dejaréis marchar; pero desde ahora el Hijo del hombre
está sentado a la derecha del poder de Dios". Se miraron
entre ellos, y dijeron a Jesús: "¿Tú eres, pues, el Hijo
de Dios?". Jesús, con la voz de la verdad eterna,
respondió: "Vos lo decís: yo lo soy". Al oír esto,
gritaron todos: "¿Para qué queremos más pruebas? Hemos
oído la blasfemia de su propia boca". Al mismo tiempo
prodigaban a Jesús palabras de desprecio: "¡Ese
miserable, decían, ese vagabundo, que quiere ser el
Mesías y sentarse a la derecha de Dios!". Le mandaron
atar de nuevo y poner una cadena al cuello, como hacían
con los condenados a muerte, para conducirlo a Pilatos.
Habían enviado ya un mensajero a éste para avisarle que
estuviera pronto a juzgar a un criminal, porque debían
darse prisa a causa de la fiesta. Hablaban entre sí con
indignación de la necesidad que tenían de ir al
gobernador romano para que ratificase la condena; porque
en las materias que no concernían a sus leyes religiosas
y las del templo, no podían ejecutar la sentencia de
muerte sin su aprobación. Lo querían hacer pasar por un
enemigo del Emperador, y bajo este aspecto
principalmente la condenación pertenecería a la
jurisdicción de Pilatos. Los príncipes de los sacerdotes
y una parte del Consejo iban delante; detrás, el
Salvador rodeado de soldados; el pueblo cerraba la
marcha. En este orden bajaron de Sión a la parte
inferior de la ciudad, y se dirigieron al palacio de
Pilatos.
IX
Desesperación
de Judas
22. Mientras conducían a Jesús a casa de Pilatos, el
traidor Judas oyó lo que se decía en el pueblo, y
entendió palabras semejantes a éstas: "Lo conducen ante
Pilatos; el gran Consejo ha condenado al Galileo a
muerte; tiene una paciencia excesiva, no responde nada,
ha dicho sólo que era el Mesías, y que estaría sentado a
la derecha de Dios; por eso le crucificarán; el malvado
que le ha vendido era su discípulo, y poco antes aún
había comido con Él el cordero pascual; yo no quisiera
haber tomado parte en esa acción; que el Galileo, sea lo
que sea, al menos no ha conducido a la muerte a un amigo
suyo por el dinero: "¡verdaderamente ese miserable
merecería ser crucificado!". Entonces la angustia, el
remordimiento y la desesperación luchaban en el alma de
Judas. Huyó, corrió como un insensato hasta el templo,
donde muchos miembros del Consejo se habían reunido
después del juicio de Jesús. Se miraron atónitos, y con
una risa de desprecio lanzaron una mirada altanera sobre
Judas, que, fuera de sí, arrancó de su cintura las
treinta piezas, y presentándoselas con la mano derecha,
dijo con voz desesperada: "Tomad vuestro dinero, con el
cual me habéis hecho vender al Justo; tomad vuestro
dinero, y dejad a Jesús. Rompo nuestro pacto; he pecado
vendiendo la sangre del inocente". Los sacerdotes le
despreciaron; retiraron sus manos del dinero que les
presentaba, para no manchársela tocando la recompensa
del traidor, y le dijeron: "¡Qué nos importa que hayas
pecado! Si crees haber vendido la sangre inocente, es
negocio tuyo; nosotros sabemos lo que hemos comprado, y
lo hallamos digno de muerte!". Estas palabras dieron a
Judas tal rabia y tal desesperación, que estaba como
fuera de sí; los cabellos se le erizaron; rasgó el
cinturón donde estaban las monedas, las tiró en el
templo, y huyó fuera del pueblo. Lo vi correr como un
insensato en el vale de Hinón. Satanás, bajo una forma
horrible, estaba a su lado, y le decía al oído, para
llevarle a la desesperación, ciertas maldiciones de los
Profetas sobre este valle, donde los judíos habían
sacrificado sus hijos a los ídolos. Parecía que todas
sus palabras lo designaban, como por ejemplo: "Saldrán y
verán los cadáveres de los que han pecado contra mí,
cuyos gusanos no morirán, cuyo fuego no se apagará".
Después repetía a sus oídos: "Caín ¿dónde está tu
hermano Abel? ¿qué has hecho? Su sangre me grita: eres
maldito sobre la tierra, estás errante y fugitivo".
Cuando llegó al torrente de Cedrón, y vio el monte de
los Olivos, empezó a temblar, volvió los ojos y oyó de
nuevo estas palabras: "Amigo mío, ¿qué vienes a hacer?
¡Judas, tú vendes al Hijo del hombre con un beso!".
Penetrado de horror hasta el fondo de su alma, llegó al
pie de la montaña de los Escándalos, a un lugar
pantanoso, lleno de escombros y de inmundicias. El ruido
de la ciudad llegaba de cuando en cuando a sus oídos con
más fuerza, y Satanás le decía: "Ahora le llevan a la
muerte; tú le has vendido; ¿sabes tú lo que hay en la
ley? El que vendiere un alma entre sus hermanos los
hijos de Israel, y recibiere el precio, debe ser
castigado con la muerte. ¡Acaba contigo, miserable,
acaba!". Entonces Judas, desesperado, tomó su cinturón y
se colgó de un árbol que crecía en un bajo y que tenía
muchas ramas. Cuando se hubo ahorcado, su cuerpo reventó,
y sus entrañas se esparcieron por el suelo.
X
Jesús
conducido a presencia de Pilatos
23. Condujeron al Salvador a Pilatos por en medio de la
parte más frecuentada de la ciudad. Caifás, Anás y
muchos miembros del gran Consejo marchaban delante con
sus vestidos de fiesta; los seguían un gran número de
escribas y de judíos, entre los cuales estaban todos los
falsos testigos y los perversos fariseos que habían
tomado la mayor parte de la acusación de Jesús. A poca
distancia seguía el Salvador, rodeado de soldados. Iba
desfigurado por los ultrajes de la noche, pálido, la
cara ensangrentada; y las injurias y los malos
tratamientos continuaban sin cesar. Habían reunido mucha
gente, para aparentar su entrada del Domingo de Ramos.
Lo llamaban Rey, por burla; echaban delante de sus pies
piedras, palos y pedazos de trapos; se burlaban de mil
maneras de su entrada triunfal. Jesús debía probar en el
camino cómo los amigos nos abandonan en la desgracia;
pues los habitantes de Ofel estaban juntos a la orilla
del camino, y cuando lo vieron en un estado de
abatimiento, su fe se alteró, no pudiendo representarse
así al Rey, al Profeta, al Mesías, al Hijo de Dios. Los
fariseos se burlaban de ellos a causa de su amor a Jesús,
y les decían: "Ved a vuestro Rey, saludadlo. ¿No le
decís nada ahora que va a su coronación, antes de subir
al trono? Sus milagros se han acabado; el Sumo Sacerdote
ha dado fin a sus sortilegios"; y otros discursos de
esta suerte. Estas pobres gentes, que habían recibido
tantas gracias y tantos beneficios de Jesús, se
resfriaron con el terrible espectáculo que daban las
personas más reverenciadas del país, los príncipes, los
sacerdotes y el Sanhedrín. Los mejores se retiraron,
dudando; los peores se juntaron al pueblo en cuanto les
fue posible; pues los fariseos habían puesto guardias
para mantener algún orden.
24. Eran poco más o menos las seis de la mañana, según
nuestro modo de contar, cuando la tropa que conducía a
Jesús llegó delante del palacio de Pilatos. Anás, Caifás
y los miembros del Consejo se pararon en los bancos que
estaban entre la plaza y la entrada del tribunal. Jesús
fue arrastrado hasta la escalera de Pilatos, quien
estaba sobre una especie de azotea avanzada. Cuando vio
llegar a Jesús en medio de un tumulto tan grande, se
levantó y habló a los judíos con aire de desprecio. "¿Qué
venís a hacer tan temprano? ¿Cómo habéis puesto a ese
hombre en tal estado? ¿Comenzáis tan temprano a desollar
vuestras víctimas?". Ellos gritaron a los verdugos: "¡Adelante,
conducidlo al tribunal!"; y después respondieron a
Pilatos: "Escuchad nuestras acusaciones contra ese
criminal. Nosotros no podemos entrar en el tribunal para
no volvernos impuros". Los alguaciles hicieron subir a
Jesús los escalones de mármol, y lo condujeron así
detrás de la azotea desde donde Pilatos hablaba a los
sacerdotes judíos. Pilatos había oído hablar mucho de
Jesús. Al verle tan horriblemente desfigurado por los
malos tratamientos y conservando siempre una admirable
expresión de dignidad, su desprecio hacia los príncipes
de los sacerdotes se redobló; les dio a entender que no
estaba dispuesto a condenar a Jesús sin pruebas, y les
dijo con tono imperioso: "¿De qué acusáis a este
hombre?". Ellos le respondieron: "Si no fuera un
malhechor, no os lo hubiéramos presentado". - "Tomadle,
replicó Pilatos, y juzgadle según vuestra ley". Los
judíos dijeron: "Vos sabéis que nuestros derechos son
muy limitados en materia de pena capital". Los enemigos
de Jesús estaban llenos de violencia y de precipitación;
querían acabar con Jesús antes del tiempo legal de la
fiesta, para poder sacrificar el Cordero pascual. No
sabían que el verdadero Cordero pascual era el que
habían conducido al tribunal del juez idólatra, en el
cual temían contaminarse. Cuando el gobernador les mandó
que presentasen sus acusaciones, lo hicieron de tres
principales, apoyada cada una por diez testigos, y se
esforzaron, sobre todo, en hacer ver a Pilatos que Jesús
había violado los derechos del Emperador. Le acusaron
primero de ser un seductor del pueblo, que perturbaba la
paz pública y excitaba a la sedición, y presentaron
algunos testimonios. Añadieron que seducía al pueblo con
horribles doctrinas, que decía que debían comer su carne
y beber su sangre para alcanzar la vida eterna. Pilatos
miró a sus oficiales sonriéndose, y dirigió a los judíos
estas palabras picantes: "Parece que vosotros queréis
seguir también su doctrina y alcanzar la vida eterna,
pues queréis comer su carne y beber su sangre". La
segunda acusación era que Jesús excitaba al pueblo, a no
pagar el tributo al Emperador. Aquí Pilatos, lleno de
cólera, los interrumpió con el tono de un hombre
encargado especialmente de esto, y les dijo: "Es un
grandísimo embuste; yo debo saber eso mejor que vosotros".
Entonces los judíos pasaron a la tercera acusación. "Este
hombre oscuro, de baja extracción, se ha hecho un gran
partido, se ha hecho dar los honores reales; pues ha
enseñado que era el Cristo, el ungido del Señor, el
Mesías, el Rey prometido a los judíos, y se hace llamar
así". Esto fue también apoyado por diez testigos. Cuando
dijeron que Jesús se hacía llamar el Cristo, el Rey de
los judíos, Pilato pareció pensativo. Fue desde la
azotea a la sala del tribunal que estaba al lado, echó
al pasar una mirada atenta sobre Jesús, y mandó a los
guardas que se lo condujeran a la sala. Pilatos era un
pagano supersticioso, de un espíritu ligero y fácil de
perturbar. No ignoraba que los Profetas de los judíos
les habían anunciado, desde mucho tiempo, un ungido del
Señor, un Rey libertador y Redentor, y que muchos judíos
lo esperaban. Pero no creía tales tradiciones sobre un
Mesías, y si hubiese querido formarse una idea de ellas,
se hubiera figurado un Rey victorioso y poderoso, como
lo hacían los judíos instruidos de su tiempo y los
herodianos. Por eso le pareció tan ridículo que acusaran
a aquel hombre, que se le presentaba en tal estado de
abatimiento, y de haberse tenido por ese Mesías y por
ese Rey. Pero como los enemigos de Jesús habían
presentado esto como un ataque a los derechos del
Emperador, mandó traer al Salvador a su presencia para
interrogarle. Pilatos miró a Jesús con admiración, y le
dijo: "¿Tú eres, pues, el Rey de los judíos?". Y Jesús
respondió: "¿Lo dices tú por ti mismo, o porque otros te
lo han dicho de mí?". Pilatos, picado de que Jesús
pudiera creerle bastante extravagante para hacer por sí
mismo una pregunta tan rara, le dijo: "¿Soy yo acaso
judío para ocuparme de semejantes necedades? Tu pueblo y
sus sacerdotes te han entregado a mis manos, porque has
merecido la muerte. Dime lo que has hecho". Jesús le
dijo con majestad: "Mi reino no es de este mundo. Si mi
reino fuese de este mundo, yo tendría servidores que
combatirían por mí, para no dejarme caer en las manos de
los judíos; pero mi reino no es de este mundo". Pilatos
se sintió perturbado con estas graves palabras y le dijo
con tono más serio: "¿Tú eres Rey?". Jesús respondió:
"Como tú lo dices, yo soy Rey. He nacido y he venido a
este mundo para dar testimonio de la verdad. El que es
de la verdad, escucha mi voz". Pilatos le miró, y dijo,
levantándose: "¡La verdad! ¿Qué es la verdad?". Hubo
otras palabras, de que no me acuerdo bien. Pilatos
volvió a la azotea: no podía comprender a Jesús; pero
veía bien que no era un rey que pudiera dañar al
Emperador, pues no quería ningún reino de este mundo. Y
el Emperador se inquietaba poco por los reinos del otro
mundo. Y así gritó a los príncipes de los sacerdotes
desde lo alto de la azotea: "No hallo ningún crimen en
este hombre". Los enemigos de Jesús se irritaron, y por
todas partes salió un torrente de acusaciones contra Él.
Pero el Salvador estaba silencioso, y oraba por los
pobres hombres; y cuando Pilatos se volvió hacia Él,
diciéndole: "¿No respondes nada a esas acusaciones?",
Jesús no dijo una palabra. De modo que Pilatos,
sorprendido, le volvió a decir: "Yo veo bien que no
dicen más que mentiras contra ti". Pero los acusadores
continuaron hablando con furor, y dijeron: "¡Cómo!, ¿no
halláis crimen contra Él? ¿Acaso no es un crimen el
sublevar al pueblo y extender su doctrina en todo el
país, desde la Galilea hasta aquí?". Al oír la palabra
Galilea, Pilatos reflexionó un instante, y dijo: "¿Este
hombre es Galileo y súbdito de Herodes?". "Sí -
respondieron ellos -: sus padres han vivido en Nazareth,
y su habitación actual es Cafarnaum". "Si es súbdito de
Herodes - replicó Pilatos - conducidlo delante de él: ha
venido aquí para la fiesta, y puede juzgarle". Entonces
mandó conducir a Jesús fuera del tribunal, y envió un
oficial a Herodes para avisarle que le iban a presentar
a Jesús de Nazareth, súbdito suyo. Pilatos, muy
satisfecho con evitar así la obligación de juzgar a
Jesús, deseaba por otra parte hacer una fineza a Herodes,
quien estaba reñido con él, y quería ver a Jesús. Los
enemigos del Salvador, furiosos de ver que Pilatos los
echaba así en presencia de todo el pueblo, hicieron
recaer su rencor sobre Jesús. Lo ataron de nuevo, y lo
arrastraron, llenándolo de insultos y de golpes en medio
de la multitud que cubría la plaza hasta el palacio de
Herodes. Algunos soldados romanos se habían juntado a la
escolta. Claudia Procla, mujer de Pilatos, le mandó a
decir que deseaba muchísimo hablarle; y mientras
conducían a Jesús a casa de Herodes, subió secretamente
a una galería elevada, y miraba la escolta con mucha
agitación y angustia.
XI
Origen del Via
Crucis
25. Durante esta discusión, la Madre de Jesús, Magdalena
y Juan estuvieron en una esquina de la plaza, mirando y
escuchando con un profundo dolor. Cuando Jesús fue
conducido a Herodes, Juan acompañó a la Virgen y a
Magdalena por todo el camino que había seguido Jesús.
Así volvieron a casa de Caifás, a casa de Anás, a Ofel,
a Getsemaní, al jardín de los Olivos, y en todos los
sitios, donde el Señor se había caído o había sufrido,
se paraban en silencio, lloraban y sufrían con Él. La
Virgen se prosternó más de una vez, y besó la tierra en
los sitios en donde Jesús se había caído. Este fue el
principio del Via Crucis y de los honores rendidos a la
Pasión de Jesús, aun antes de que se cumpliera. La
meditación de la Iglesia sobre los dolores de su
Redentor comenzó en la flor más santa de la humanidad,
en la Madre virginal del Hijo del hombre. La Virgen pura
y sin mancha consagró para la Iglesia el Vía Crucis,
para recoger en todos los sitios, como piedras preciosas,
los inagotables méritos de Jesucristo; para recogerlos
como flores sobre el camino y ofrecerlos a su Padre
celestial por todos los que tienen fe. El dolor había
puesto a Magdalena como fuera de sí. Su arrepentimiento
y su gratitud no tenían límites, y cuando quería elevar
hacia Él su amor, como el humo del incienso, veía a
Jesús maltratado, conducido a la muerte, a causa de sus
culpas, que había tomado sobre sí. Entonces sus pecados
la penetraban de horror, su alma se le partía, y todos
esos sentimientos se expresaban en su conducta, en sus
palabras y en sus movimientos. Juan amaba y sufría.
Conducía por la primera vez a la Madre de Dios por el
camino de la cruz, donde la Iglesia debía seguirla, y el
porvenir se le aparecía.
XII
Pilatos y su mujer
26. Mientras conducían a Jesús a casa de Herodes, vi a
Pilatos con su mujer Claudia Procla. Habló mucho tiempo
con Pilatos, le rogó por todo lo que le era más sagrado,
que no hiciese mal ninguno a Jesús, el Profeta, el Santo
de los Santos, y le contó algo de las visiones
maravillosas que había tenido acerca de Jesús la noche
precedente. Mientras hablaba, yo vi la mayor parte de
esas visiones, pero no me acuerdo bien de qué modo se
seguían. Ella vio las principales circunstancias de la
vida de Jesús: la Anunciación de María, la Natividad, la
Adoración de los Pastores y de los Reyes, la profecía de
Simeón y de Ana, la huida a Egipto, la tentación en el
desierto. Se le apareció siempre rodeado de luz, y vio
la malicia y la crueldad de sus enemigos bajo las formas
más horribles, vio sus padecimientos infinitos, su
paciencia y su amor inagotables, la santidad y los
dolores de su Madre. Estas visiones le causaron mucha
inquietud y mucha tristeza; que todos esos objetos eran
nuevos para ella, estaba suspensa y pasmada, y veía
muchas de esas cosas, como, por ejemplo, la degollación
de los inocentes y la profecía de Simeón, que sucedían
cerca de su casa. Yo sé bien hasta qué punto un corazón
compasivo puede estar atormentado por esas visiones;
pues el que ha sentido una cosa, debe comprender lo que
sienten los demás. Había sufrido toda la noche, y visto
más o menos claramente muchas verdades maravillosas,
cuando la despertó el ruido de la tropa que conducía a
Jesús. Al mirar hacia aquel lado, vio al Señor, el
objeto de todos esos milagros que le habían sido
revelados, desfigurado, herido, maltratado por sus
enemigos. Su corazón se trastornó a esta vista, y mandó
en seguida llamar a Pilatos, y le contó, en medio de su
agitación, lo que le acababa de suceder. Ella no lo
comprendía todo, y no podía expresarlo bien; pero rogaba,
suplicaba, instaba a su marido del modo más tierno.
Pilatos, atónito y perturbado, unía lo que le decía su
mujer con lo que había recogido de un lado y de otro
acerca de Jesús, se acordaba del furor de los judíos,
del silencio de Jesús y de las maravillosas respuestas a
sus preguntas. Agitado e inquieto, cedió a los ruegos de
su mujer, y le dijo: "He declarado que no hallaba ningún
crimen en ese hombre. No lo condenaré: he reconocido
toda la malicia de los judíos". Le habló también de lo
que le había dicho Jesús; prometió a su mujer no
condenar a Jesús, y le dio una prenda como garantía de
su promesa. No sé si era una joya, un anillo o un sello.
Así se separaron. Pilatos era un hombre corrompido,
indeciso, lleno de orgullo, y al mismo tiempo de bajeza:
no retrocedía ante las acciones más vergonzosas, cuando
encontraba en ellas su interés, y al mismo tiempo se
dejaba llevar por las supersticiones más ridículas
cuando estaba en una posición difícil. Así en la actual
circunstancia consultaba sin cesar a sus dioses, a los
cuales ofrecía incienso en lugar secreto de su casa,
pidiéndoles señales. Una de sus prácticas supersticiosas
era ver comer a los pollos; pero todas estas cosas me
parecían horribles, tan tenebrosas y tan infernales, que
yo volvía la cara con horror. Sus pensamientos eran
confusos, y Satanás le inspiraba tan pronto un proyecto
como otro. La mayor confusión reinaba en sus ideas, y él
mismo no sabía lo que quería.
XIII
Jesús delante de Herodes
27. El Tetrarca Herodes tenía su palacio situado al
norte de la plaza, en la parte nueva de la ciudad, no
lejos del de Pilatos. Una escolta de soldados romanos se
había juntado a la de los judíos, y los enemigos de
Jesús, furiosos por los paseos que les hacían dar, no
cesaban de ultrajar al Salvador y de maltratarlo.
Herodes, habiendo recibido el aviso de Pilatos, estaba
esperando en una sala grande, sentado sobre almohadas
que formaban una especie de trono. Los príncipes de los
sacerdotes entraron y se pusieron a los lados, Jesús se
quedó en la puerta. Herodes estuvo muy satisfecho al ver
que Pilatos le reconocía, en presencia de los sacerdotes
judíos, el derecho de juzgar a un Galileo. También se
alegraba viendo delante de su tribunal, en estado de
abatimiento, a ese Jesús que nunca se había dignado
presentársele. Había recibido tantas relaciones acerca
de Él, de parte de los herodianos y de todos sus espías,
que su curiosidad estaba excitada. Cuando Herodes vio a
Jesús tan desfigurado, cubierto de golpes, la cara
ensangrentada, su vestido manchado, aquel príncipe
voluptuoso y sin energía sintió una compasión mezclada
de disgusto. Profirió el nombre de Dios, volvió la cara
con repugnancia, y dijo a los sacerdotes: "Llevadlo,
limpiadlo; ¿cómo podéis traer a mi presencia un hombre
tan lleno de heridas?". Los alguaciles llevaron a Jesús
al vestíbulo, trajeron agua y lo limpiaron, sin cesar de
maltratarlo. Herodes reprendió a los sacerdotes por su
crueldad; parecía que quería imitar la conducta de
Pilatos, pues también les dijo: "Ya se ve que ha caído
entre las manos de los carniceros; comenzáis las
inmolaciones antes de tiempo". Los príncipes de los
sacerdotes reproducían con empeño sus quejas y sus
acusaciones. Herodes, con énfasis y largamente, repitió
a Jesús todo lo que sabía de Él, le hizo muchas
preguntas y le pidió que hiciera un prodigio. Jesús no
respondía una palabra, y estaba delante de él con los
ojos bajos, lo que irritó a Herodes. Me fue explicado
que Jesús no habló, por estar Herodes excomulgado, a
causa de su casamiento adúltero con Herodías y de la
muerte de Juan Bautista. Anás y Caifás se aprovecharon
del enfado que le causaba el silencio de Jesús, y
comenzaron otra vez sus acusaciones: añadieron que había
llamado a Herodes una zorra, y que pretendía establecer
una nueva religión. Herodes, aunque irritado contra
Jesús, era siempre fiel a sus proyectos políticos. No
quería condenar al que Pilatos había declarado inocente,
y creía conveniente mostrarse obsequioso hacia el
gobernador en presencia de los príncipes de los
sacerdotes. Llenó a Jesús de desprecios, y dijo a sus
criados y a sus guardias, cuyo número se elevaba a
doscientos en su palacio: "Tomad a ese insensato, y
rendid a ese Rey burlesco los honores que merece. Es más
bien un loco que un criminal". Condujeron al Salvador a
un gran patio, donde lo llenaron de malos tratamientos y
de escarnio. Uno de ellos trajo un gran saco blanco y
con grandes risotadas se lo echaron sobre la cabeza a
Jesús. Otro soldado trajo otro pedazo de tela colorada,
y se la pusieron al cuello. Entonces se inclinaban
delante de Él, lo empujaban, lo injuriaban, le escupían,
le pegaban en la cara, porque no había querido responder
a su Rey. Le hacían mil saludos irrisorios, le arrojaban
lodo, tiraban de Él como para hacerle danzar; habiéndolo
echado al suelo, lo arrastraron hasta un arroyo que
rodeaba el patio, de modo que su sagrada cabeza pegaba
contra las columnas y los ángulos de las paredes.
Después lo levantaron, para renovar los insultos. Su
cabeza estaba ensangrentada y lo vi caer tres veces bajo
los golpes; pero vi también ángeles que le ungían la
cabeza, y me fue revelado que sin este socorro del cielo,
los golpes que le daban hubieran sido mortales. El
tiempo urgía, los príncipes de los sacerdotes tenían que
ir al templo, y cuando supieron que todo estaba
dispuesto como lo habían mandado, pidieron otra vez a
Herodes que condenara a Jesús; pero éste, para
conformarse con las ideas de Pilatos, le mandó a Jesús
cubierto con el vestido de escarnio.
XIV
De Herodes a Pilatos
28. Los enemigos de Jesús le condujeron de Herodes a
Pilatos. Estaban avergonzados de tener que volver al
sitio donde había sido ya declarado inocente. Por eso
tomaron otro camino mucho más largo, para presentarle en
medio de su humillación a otra parte de la ciudad, y
también con el fin de dar tiempo a sus agentes para que
agitaran los grupos conforme a sus proyectos. Ese camino
era más duro y más desigual, y todo el tiempo que duró
no cesaron de maltratar a Jesús. La ropa que le habían
puesto le impedía andar, se cayó muchas veces en el lodo,
lo levantaron a patadas, y dándole palos en la cabeza;
recibió ultrajes infinitos, tanto de parte de los que le
conducían, como del pueblo que se juntaba en el camino.
Jesús pedía a Dios no morir, para poder cumplir su
pasión y nuestra redención. Eran las ocho y cuarto
cuando llegaron al palacio de Pilatos. La Virgen
Santísima, Magdalena, y otras muchas santas mujeres,
hasta veinte, estaban en un sitio, donde lo podían oír
todo. Un criado de Herodes había venido ya a decir a
Pilatos que su amo estaba lleno de gratitud por su
fineza, y que no habiendo hallado en el célebre Galileo
más que un loco estúpido, le había tratado como tal, y
se lo volvía. Los alguaciles hicieron subir a Jesús la
escalera con la brutalidad ordinaria; pero se enredó en
su vestido, y cayó sobre los escalones de mármol blanco,
que se tiñeron con la sangre de su cabeza sagrada; el
pueblo reía de su caída y los soldados le pegaban para
levantarlo. Pilatos avanzó sobre la azotea, y dijo a los
acusadores de Jesús: "Me habéis traído a este hombre,
como a un agitador del pueblo, le he interrogado delante
de vosotros y no le he hallado culpable del crimen que
le imputáis. Herodes tampoco le encuentra criminal. Por
consiguiente, le mandaré azotar y dejarle". Violentos
murmullos se elevaron entre los fariseos. Era el tiempo
en que el pueblo venía delante del gobernador romano
para pedirle, según una antigua costumbre, la libertad
de un preso. Los fariseos habían enviado sus agentes con
el fin de excitar a la multitud, a no pedir la libertad
de Jesús, sino su suplicio. Pilatos esperaba que
pedirían la libertad de Jesús, y tuvo la idea de dar a
escoger entre Él y un insigne criminal, llamado Barrabás,
que horrorizaba a todo el mundo. Hubo un movimiento en
el pueblo sobre la plaza: un grupo se adelantó,
encabezado por sus oradores, que gritaron a Pilatos: "Haced
lo que habéis hecho siempre por la fiesta". Pilatos les
dijo: "Es costumbre que liberte un criminal en la Pascua.
¿A quién queréis que liberte: a Barrabás o al Rey de los
Judíos, Jesús, que dicen el ungido del Señor?". A esta
pregunta de Pilatos hubo alguna duda en la multitud, y
sólo algunas voces gritaron: "¡Barrabás!". Pilatos,
habiendo sido llamado por un criado de su mujer, salió
de la azotea un instante, y el criado le presentó la
prenda que él le había dado, diciéndole: "Claudia Procla
os recuerda la promesa de esta mañana". Mientras tanto
los fariseos y los príncipes de los sacerdotes estaban
en una grande agitación, amenazaban y ordenaban. Pilatos
había devuelto su prenda a su mujer, para decirle que
quería cumplir su promesa, y volvió a preguntar con voz
alta: "¿Cuál de los dos queréis que liberte?". Entonces
se elevó un grito general en la plaza: "No queremos a
este, sino a Barrabás". Pilatos dijo entonces: "¿Qué
queréis que haga con Jesús, que se llama Cristo?". Todos
gritaron tumultuosamente: "¡Que sea crucificado!, ¡que
sea crucificado!". Pilatos preguntó por tercera vez: "Pero,
¿qué mal ha hecho? Yo no encuentro en Él crimen que
merezca la muerte. Voy a mandarlo azotar y dejarlo".
Pero el grito "¡crucificadlo!, ¡crucificadlo!" se elevó
por todas partes como una tempestad infernal; los
príncipes de los sacerdotes y los fariseos se agitaban y
gritaban como furiosos. Entonces el débil Pilatos dio
libertad al malhechor Barrabás, y condenó a Jesús a la
flagelación.